Hernán Bueno. Fotografía: David Campuzano¿Qué es la vida? ¿Qué es la muerte?
Filosofía para pacientes terminales
Una terapia que se escapó de las aulas para establecerse en los hospitales.
A una joven de apenas 26 años le acaban de diagnosticar sida y se siente angustiada; una mujer lleva varios años padeciendo de un cáncer que poco a poco ha ido acabando con ella y se siente desconsolada; mientras que un exitoso ejecutivo, quien ha dedicado su vida a construir una enorme empresa, de pronto se percata de que tiene los días contados por culpa de una enfermedad terminal. Los tres tocaron la puerta, antes de consultar a un psicólogo o un pastor, de un asesor filosófico.
Los diez filósofos que, aproximadamente, se dedican a esta práctica en Colombia, buscan rescatar un oficio cuyos inicios datan del siglo V antes de Cristo, cuando los socráticos utilizaban el famoso método mayéutico que empleaba el diálogo para adquirir conocimiento. La diferencia radica en que los contemporáneos buscan que el paciente añada un elemento creativo a la terapia socrática, que le permita ser capaz de buscar en su interior las respuestas a las preguntas que lo aquejan.
En particular, Hernán Bueno, director de la Fundación Filosofarte, organización dedicada a difundir la filosofía en la vida cotidiana, ha buscado llevar esta terapia, desde hace más de dos años, a pacientes en estado terminal de la Clínica Corpas, el Hospital San Ignacio y particulares.
“¿Por qué me ocurrió esto a mí? ¿Qué voy a hacer con todos los sueños que no voy a poder cumplir? ¿Qué es la vida? ¿Qué es la muerte?”. Es la clase de preguntas que empieza a rondar en la cabeza de estos pacientes y que, cuando no son contestadas, pueden llevarlos a querer dejar de lado su existencia.
Este tipo de interrogantes, asegura Bueno, son preguntas fundamentalmente filosóficas (sobre la vida que está en juego y la propia visión que se tiene del mundo) y que, además, han sido pensadas por los filósofos desde hace más de 2.500 años. El asesor filosófico, entonces, ayuda a la persona a través de un diálogo continuo, a vislumbrar sus propias preguntas ante la vida y a hacer evidentes las respuestas que ya tenía en su interior.
“Uno va por la vida, con un modo de entenderla, un sentido, que es el que nos hace levantarnos todas las mañanas. En definidas cuentas, un concepto filosófico. La crisis o pregunta filosófica se da cuando ese concepto se desmorona debido a que uno supone tener todas las respuestas, pero la vida misma le ha cambiado las preguntas. Entonces cambia todo el horizonte que se creía solucionado, más aún, en una situación adversa como una enfermedad”, explica Bueno.
Así lo afirma Catalina* a quien hace cinco años le diagnosticaron sida: “En medio del dolor de mi enfermedad, de la angustia de que la vida se va, uno busca la salida mediante el suicidio. Pero uno siente que algo lo jala para que encuentre un sentido a todo eso y busque contestar todas las preguntas que tiene”.
La asesoría
Debido a que los filósofos consideran que una persona ve el mundo de acuerdo con la concepción que tiene del mismo, el asesor busca que quien lo consulta cambie la idea de mundo que tiene y, por lo tanto, su forma de percibirlo. En el caso de los enfermos terminales se trabaja la concepción de vida, muerte, tiempo, finitud, esperanza y milagro, que se ven sumamente afectados por su condición. En general, asegura Bueno, estos pacientes “tienden a pensar que se les acaba el tiempo y a tener rabia por no poder realizar muchos de sus sueños”.
La asesoría se realiza a partir de preguntas y respuestas entre el consejero y quien consulta y puede tener una duración de dos sesiones como mínimo hasta un máximo de año y medio, explica Víctor Murillo, doctor en Filosofía y docente de la Fundación Universitaria Luis Amigó de Medellín y quien lleva más de diez años practicando la orientación filosófica. Eso sí, aclara que la terapia no busca curar al individuo sino que éste sea capaz de encontrar el problema dentro de sí mismo.
“A veces es la creencia que se tiene sobre la muerte la que hace que sea tan difícil de sobrellevar”, indica Bueno. Por eso, en medio de la consulta, el asesor trae a colación el pensamiento de filósofos antiguos como Sócrates, quien, cuando estaba tomando la cicuta, dijo: “Es de ignorantes temerle a la muerte porque, ¿cómo le voy a temer a lo desconocido?, sería como creer que sé aquello que no sé”. O como la sabia reflexión de Epicuro: “Para qué pensar en la muerte si cuando yo estoy, ella no está y cuando ella llegue, yo no voy a estar”.
El asesor le demuestra a quien lo consulta cómo sus inquietudes no son únicas, pues ya otras personas habían tratado de resolverlas años atrás. “Uno les dice, mira, esto lo pensó Schopenhauer”, comenta Bueno, “lo que los entusiasma sumamente. De hecho, hay varios que se reconcilian con la filosofía, pues en sus años escolares no le habían prestado atención”. Todo esto en el marco de un ambiente de igualdad entre el consejero y su interlocutor, que permite eliminar la idea de “médico versus paciente”.
Los resultados
“A principios de este año, mientras trabajaba en la Clínica Corpas, tuve la oportunidad de ver cómo una señora de 86 años, que tenía un cáncer terminal muy agresivo, había cambiado radicalmente su perspectiva de la vida gracias al contacto con el asesor filosófico”, comenta Rubén Cadavid, médico del Hospital de La Samaritana.
En un principio, a la señora la visitaba un pastor, pues era muy religiosa y, además, tenía continuamente consultas con un psicólogo. Sin embargo, debido a que el cáncer evolucionó muy rápido, entró en una depresión profunda, al punto que dejó de importarle su propia vida. Además, no le funcionaban los medicamentos para el dolor, por lo que se le debían recetar dosis cada vez más fuertes. Tenía una actitud tan negativa, que afirmó no querer volver a ver a ningún otro psicólogo. “Pero desde que Hernán Bueno comenzó a hablar con ella, su carácter cambió, estaba más tranquila y los medicamentos comenzaron a hacer efecto. Fue muy bonito ver cómo ella fue evolucionando y cómo aceptó , finalmente, su condición”, recuerda Cadavid, quien, después de ver la efectividad de la terapia, decidió pedirle a Bueno que visitara a otro de sus pacientes, pues asegura que éstos “recuperan la fuerza de vida”.
A su vez, Bueno recuerda cómo le hizo asesoría a un paciente terminal que estaba muy angustiado porque el tiempo se le acababa y no iba a poder hacer todo lo que tenía planeado. Durante el transcurso de las sesiones se dio cuenta de que no iban a poder resolver todas las preguntas de la humanidad, pero que lo más importante era tener conciencia de que se tuvo la inquietud, de que se vivió cada último segundo bien vivido y que cada instante anterior se superó.
Por su parte, Carmenza Ochoa, directora ejecutiva de la Fundación Pro Derecho a Morir Dignamente, opina que este tipo de terapia es muy favorable para el paciente, pues en la medida en que éste pueda resolver sus inquietudes, que son más que todo miedos, podrá morir de forma tranquila y sin remordimientos.
Sin embargo, Bueno aclara que la asesoría filosófica no es para todo el mundo, pues se necesita que quien consulta, tenga sensibilidad para estar dispuesto a pensar que su vida se rige por lo que piensa. Además, advierte Bueno, el proceso de asesoría filosófica debe hacerse con mucha responsabilidad ya que el consejero debe asegurarse de que efectivamente es un caso para que trate la filosofía y no un psicólogo o psiquíatra. Es un paso muy importante porque “son personas que están entregando su vida para que uno les ayude a manejarla”, concluye .
* Nombre cambiado
Sócrates y su “arte de comadrona”
Para Sócrates, quien nació en Atenas hacia el año 470, la filosofía era una forma de vida. Su pensamiento se conoce a través de los textos que de él hicieron Platón, Jenofonte y Aristóteles, pues el ateniense no dejó nada escrito, ya que consideraba que su filosofía era una filosofía viva.
El filósofo griego pasaba los días hablando con todo el que encontraba a su paso. Su interlocutor, de pronto, se veía inmerso en un debate sobre si efectivamente tenía un concepto claro de sí mismo o si sabía qué cosas eran la verdad y el saber.
Gracias a sus continuas preguntas, Sócrates lograba que su interlocutor hiciera una continua reflexión sobre sí mismo, aclarara ideas antes confusas y adquiriera nuevos conocimientos. A esta metodología la llamaba su “arte de la comadrona” o “mayéutica” que, explicaba, había aprendido de su madre.
Cuando aplicaba su arte hacía que quien lo escuchaba cayera en cuenta de que una persona no debe ufanarse de haber llegado a la meta del saber, por lo que continuamente afirmaba “sólo sé que nada sé”.
‘Más Platón y menos Prozac’
El libro Más Platón y menos Prozac, del filósofo Lou Marinoff, uno de los más reconocidos exponentes de la filosofía práctica, es un referente obligado para toda persona que quiera adentrarse en el mundo de la asesoría filosófica.
Publicado en 1999, el libro recuerda que hubo una época en la que la filosofía quería decir algo para la gente común y las ideas de los filósofos se aplicaban en la vida diaria.
A partir de esta idea, Marinoff demuestra a sus lectores, en un lenguaje claro y preciso, cómo pueden llevar las premisas filosóficas a los problemas que enfrentan en cualquier momento de su vida.
Marinoff retoma la historia de la filosofía para, finalmente, demostrar su utilidad como una terapia que puede contribuir a afrontar las patologías individuales y sociales del mundo posindustrial.
La asesoría filosófica
La asesoría filosófica, que comenzó hace más de 25 años en Alemania y Estados Unidos, propone regresar al espíritu del filósofo antiguo, una especie de “terapeuta del verbo” que ayudaba a las personas a pensar sobre su vida cotidiana. Por consiguiente, se preocupa por los problemas que enfrentan los individuos en su vida diaria, liberando la disciplina del ámbito netamente académico.
Actualmente la filosofía como medicina se ha desarrollado por personas como Lou Marinoff, en Estados Unidos; José Barrientos Rastrojo y Mónica Cavallé, en España; Rainer Matias Holm Hadulla, en Alemania; Roxana Kreimer, en Argentina; Ran Lahav, en Israel; Hernán Bueno, Eufrasio Guzmán y Víctor Jaramillo, en Colombia, entre otros.
Lucía Camargo Rojas
Publicado en El Espectador, jueves 27 de noviembre de 2008.
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