lunes, 29 de agosto de 2016

Viaje al país de las bibliocasas


Líderes de las urbanizaciones de Vivienda de Interés Prioritario han adaptado un espacio especial en sus viviendas, en el que promocionjan lectura y préstamo de libros a sus vecinos, con los títulos que les prestan en su biblioteca pública cercana.


Foto: Juan David Padilla


Un par de meses después de recibir su nuevo apartamento —ubicado en el barrio Las Acacias de Cereté, Córdoba— la pareja de esposos Jairo Ramos y Lidia López, beneficiarios de una de las 109 Viviendas de Interés Prioritario (VIP) que ha otorgado el Gobierno, recibieron nueve libros como parte de su nuevo apartamento.

Se trataba de los títulos Colombia contada, Buscando otro sabor, Nuestra casa, Retratos de nuestras gentes, Álbum de familia, Manual de convivencia ciudadana, Colombia cantada y Guía para el cuidado de la salud de la familia, que conforman la Biblioteca Básica Familiar “Leer es mi cuento”, un compendio de libros que el proyecto “Comunidad-es arte, biblioteca y cultura: escenarios para la paz”, liderado por el Mincultura, Minvivienda y Prosperidad Social, entrega a las familias de las VIP, como parte del proceso de promoción de lectura que se realiza con la comunidad.

“Son libros que lo ilustran a uno. Hubo unos que nos enseñaron sobre historia de grandes personajes colombianos como Gabriel García Márquez. Otros hablaban sobre convivencia o sobre cómo cuidar nuestro nuevo apartamento y la salud, y hasta sobre cómo compartir en familia. También había libros para niños que les leíamos a mis hijas”, explica Ramos, quien fue víctima de la violencia, al ser desplazado de Turbo, Antioquia, en 2001.

Corría el primer semestre del año 2014. Ramos y López pensaron en la posibilidad de ya no sólo leerles a sus hijas los libros que habían recibido, sino en brindar un espacio en su propia casa para fomentar la lectura en otros niños de su urbanización. Por eso tocaron las puertas de la Biblioteca Pública Municipal de Cereté Rafael Milanés García. Su coordinadora, Vera Centeno, abrazó la idea porque entraba a fortalecer un proyecto que la entidad ya tenía en Altos de las Acacias, en el que se hacía promoción de lectura a través de pantallas gigantes y porque, además, era una manera de hacer que la biblioteca llegara directamente a la casa.

“La seño Vera nos comenzó a prestar libros a mi esposa y a mí por 15 días para hacer actividades de lectura en nuestro apartamento con los niños del barrio. El primer préstamo fue de 40 libros”, recuerda Ramos.

De pronto su apartamento de 45 m2 comenzó a recibir visitas nocturnas de hasta 20 niños. Los pequeños se sintieron tan cómodos con la nueva actividad, que prácticamente le demandaban a él o a su esposa que les leyeran. Poco a poco el ritual se complementó con una de las características culturales más destacables de esta comunidad: durante o posterior al proceso de lectura, los adultos tejían mochilas, mientras que los niños confeccionaban manillas. En ese proceso los participantes comenzaron a hablar de sus disímiles lugares de origen, “y a contar las historias de nosotros mismos: de dónde venimos y para dónde vamos”, comenta Ramos.

Incluso, el interés que suscitó la llegada de los libros fue tan fuerte, que los pequeños que se encariñaban con alguno de los que ya había tomado en préstamo Ramos de la biblioteca pública, comenzaron a llevárselo a su propia casa por un día, siempre y cuando dejaran su nombre, el de sus padres y su teléfono, y lo regresaran al día siguiente. Fue ahí cuando el apartamento de Ramos y López se convirtió en una Bibliocasa.

Se institucionalizan las Bibliocasas

Cuando los promotores del proyecto “Comunidad-es” -iniciativa que realiza acompañamiento social y cultural a las familias beneficiarias de las VIP que han sido víctimas del conflicto en condiciones de extrema pobreza y damnificados por desastres naturales- se percataron de que la idea de Ramos y López había sido acogida en la urbanización, decidieron fortalecerla, darle un empujón con su conocimiento y apoyo, en un trabajo en conjunto con la comunidad.

“Lo primero que se hizo fue darle el nombre de Bibliocasa. Después se consiguieron estantes y desde Bogotá se envió un morral móvil con libros y un exhibidor. Posteriormente consiguieron tapetes para el piso, colchonetas y cojines, con el fin de volver el espacio aún más agradable para los niños”, explica Renoir Rubio, promotora de lectura del proyecto “Comunidad-es”.

La idea fue tan exitosa, que sirvió de modelo para los demás barrios del proyecto y comenzó a replicarse en otros espacios. Actualmente existen 46 Bibliocasas en toda Colombia. Dos en Antioquia, dos en Bolívar, quince en Córdoba, cuatro en Magdalena, tres en Norte de Santander, cuatro en Risaralda, seis en Sucre, dos en Tolima y ocho en el Valle del Cauca. Todas ellas iniciaron con la entrega de libros de la Biblioteca Básica Familiar como parte del Plan Nacional de Lectura y Escritura “Leer es mi cuento”, que busca aumentar los índices de lectura del país de 1,9 a 3,2 libros por persona al año.

Eso sí, cada Bibliocasa tiene características particulares de acuerdo con su comunidad. Por ejemplo, en el caso del barrio El Recuerdo, en Montería, la Bibliocasa tiene el rol principal de ser la extensión de un colegio o, más bien, una especie de biblioteca escolar. Así lo explica su bibliotecaria, Rosa Hernández, quien desde hace dos años se mudó a la urbanización.

“Todos en la comunidad veíamos la necesidad de tener una Bibliocasa, porque los niños no tenían dónde hacer las tareas. Muchos padres no tienen para pagar los $500 de internet”, explica.

En este caso fue el proyecto “Comunidad-es” el que llevó a Hernández a la Biblioteca del Banco de la República de Montería, para que se inscribiera y pudiera llevarse libros prestados. También le hizo una pequeña capacitación para el préstamo y cuidado de los libros, le trajo los estantes y morral viajero y le otorgó el título de “bibliotecaria comunitaria”.

Pero el año pasado Hernández les explicó a los promotores del proyecto que los niños de El Recuerdo necesitaban textos escolares para poder hacer sus tareas. “Yo quiero tener libros propios que pueda tener acá y no sólo los que pido prestados en la biblioteca”, les dijo.

Entonces Rubio y su esposo se encargaron de pedir a estudiantes de distintos colegios privados de Montería textos escolares que ya no usaran, para donarlos a la Bibliocasa de El Recuerdo. Por eso, actualmente esta Bibliocasa tiene libros permanentes como enciclopedias, libros de cuento, diccionarios y textos escolares de matemáticas, lenguaje, etc.

Además, esta Bibliocasa ha sido de gran utilidad para los más de 200 niños de la urbanización que este año no pudieron matricularse en una entidad pública (pues están a la espera de la que se construya en el barrio) y que actualmente están asistiendo a una escuela comunitaria. La iniciativa la organizó el estudiante de derecho Jorge Andrés Cordero junto con otros ocho maestros voluntarios. Allí los pequeños toman clases en una jornada de la mañana y otra en la tarde, en las que están utilizando los libros de la Biblioteca Básica Familiar y, en su tiempo libre, hacen sus tareas en la Bibliocasa del barrio.

La intimidad de la Bibliocasa

Para Hernández, la parte más linda de su casa es la biblioteca. De lunes a domingo llegan niños a hacer las tareas o a buscar un libro para leer.

Nicol Dayana Romero López tiene 10 años, es estudiante de cuarto de primaria y casi todos los días visita la Bibliocasa. “Rosa me ayuda a buscar las tareas en los libros y a hacer las carteleras. A veces también me presta libros que yo llevo a mi casa para leer con mi abuelita. Uno de mis favoritos es Los ratones de la señora Marlow, porque me gustan los gatos”, explica.

“Los niños escogen un libro, me dejan su documento y yo se los presto. Hay unos que vienen constantemente y que son muy cuidadosos a los que ni siquiera les pido documento. Ya los conozco y sé lo juiciosos que son. A veces estoy en la cocina y el niño me muestra lo que se va a llevar, lo anoto y se lo lleva. Mientras lo leen duran dos días, tres días. Hay unos que se lo leen de una y rápidamente vienen por uno nuevo”, comenta Rosa.

Uno de ellos es Yuliana Ortega, estudiante de 10 años, quien va todos los días a la Bibliocasa a leer cuentos. El libro que más le gusta se llama El cocuyo y la mora. “Yo cojo el libro y me voy a leer a la terraza del cuarto piso. Toditicos los pelaítos de allá nos van a escuchar a que les leamos los libros a mí y a mi amiga Valentina. Yo tengo dos hermanitos ‘chiquititicos’, de cuatro y de un año, con los que a veces jugamos a la escuela. Les leemos y después les preguntamos sobre lo que leímos”, explica.

La hija de Rosa, Janerys Ricardo, no tiene problema en que sus vecinos lleguen a su casa y se lleven los libros. “Se siente bien saber que hay gente que quisiera vivir como yo vivo aquí y de tener este poco de libros. No me pongo brava de que se los lleven, porque así pueden tener lo que yo tengo. A veces cuando mi mamá está ocupada yo presto los libros para que se los lleven o a veces los leen aquí”, cuenta.

Esa relación tan cercana con el libro es precisamente la que logra la Bibliocasa. “Para mí una Bibliocasa es una biblioteca íntima en donde esa persona que lidera, que sería el bibliotecario comunitario, tiene la ventaja de tener un usuario muy cercano y conocerlo a profundidad. Ninguna biblioteca ni ningún colegio tienen la capacidad de entablar la relación que puede provocar el libro en la casa. Allí está el afecto, eso tan íntimo que no se puede dar en la biblioteca”, explica Vera Centeno, coordinadora de la Biblioteca Pública de Cereté.

Incluso, Centeno considera que la Bibliocasa termina siendo una especie de extensión bibliotecaria, dado que la mayoría de libros que se encuentran allí han sido prestados por la biblioteca. “Sin embargo, puede ser una connotación muy fría, ya que la Bibliocasa va más allá de una extensión bibliotecaria y termina teniendo una connotación propia”, agrega.

Por ejemplo, la Bibliocasa de Altos de las Acacias ha tenido varias transformaciones. Por un lado, se trasladó al salón comunal de la urbanización, en donde había más espacio para que más personas estuvieran presentes en las actividades de lectura y, por el otro, comenzó a tener menos cantidad de libros porque Ramos y López empezaron a llevar a los niños una vez por semana a la biblioteca pública de Cereté, que les queda a tan sólo un par de cuadras.

“Actualmente, varios niños del barrio Altos de las Acacias tienen ‘La llave del saber’ y ellos mismos toman los libros prestados de la biblioteca. El señor Jairo sigue llevando a varios pequeños a la biblioteca cada ocho días y continúa tomando prestados libros para tener en su casa, con el fin de prestárselos a aquellos que están en su primera infancia y que no pueden pedir libros en préstamo en la biblioteca pública”, explica Rubio.

Con los ejemplos de Bibliocasas que han ayudado a consolidar en el departamento de Córdoba, para Rubio es claro que, en un primer momento, las Bibliocasas logran abrir el espacio de lectura en una comunidad. Y, en un segundo momento, son el tránsito para ir a la biblioteca pública.

“En la Bibliocasa encuentran cierto tipo de libros: una colección pequeña para niños, otra para jóvenes y otra para adultos. Pero si yo soy joven y ya me leí los libros de poesía o literatura que están en la Bibliocasa, y me quiero leer más, debo ir a la biblioteca”.

La Bibliocasa, entonces, lo que logra es ese primer acercamiento a la lectura. Una vez ya inicia la pasión por leer, el siguiente paso “es ir a un espacio más grande, donde hay más posibilidades y donde hay más por descubrir: la biblioteca”, concluye Rubio.

Por Lucía Camargo Rojas

Publicado en El Espectador el domingo 29 de agosto de 2016

lunes, 4 de julio de 2016

'Colonia infancia': la exposición de arte que divierte a los niños



Si quien visita la exposición ‘Colonia Infancia’, mide más de 1.5 metros de altura, necesariamente desde la entrada debe agacharse y prepararse para encontrar una exhibición pensada ya no para adultos, sino para los más pequeños de la casa. Se trata de la exposición ‘Colonia Infancia’ que actualmente se exhibe en el primer piso del edificio de la Sala de la Colección del Museo La Tertulia en Cali.

Así que la mejor postura para ingresar al túnel de madera de entrada  es gatear unos siete metros para encontrarse con la obra ‘Niño’ de Rufino Tamayo, que hace parte de la colección permanente del Museo. “Los niños salen corriendo directo a ese primer cuadro, con el que hay una especie de mímesis y se sienten identificados. Luego se devuelven por el túnel a una bifurcación a través de la cual llegan a un nuevo espacio en donde se encuentra ‘Una casita del sol’, del artista Emilio Sánchez, obra a partir de la cual se monta toda la museografía”, explica Mario Camargo, del Colectivo 070, encargado del diseño arquitectónico de esta singular propuesta que busca acercar el arte a los más pequeños de una manera lúdica y orgánica.

Después, el visitante puede visualizar las distintas partes de la casa, representadas todas en otras siete obras que hacen parte de la colección del museo. ‘Teresa la mujer mesa’, la icónica pieza escultórica de Hernando Tejada, es la mesa del hogar, mientras que las bolsas de plástico sobre acrílico que conforman ‘Bocagrande II’, obra de Alicia Barney y el ensamble de objetos de vinilo y madera de ‘Cajas’, de Bernardo Salcedo, son algunos de los mobiliarios de la casa.

También se puede observar la escultura en metal con motores y tela de la serie ‘Camas’, de Feliza Bursztyn, que  alude al lugar para dormir; ‘Pinturas de agua’, de Óscar Muñoz, hacen referencia a la ducha, mientras que el cuadro ‘El rincón’, de Santiago Cárdenas, remite a las distintas maneras de habitar el espacio doméstico. Finalmente, ‘La cuarta dimensión’, de Yukata Yocota, es una pieza que invita de lleno a meterse en la obra de arte, pues está al lado de un nuevo túnel en madera que dirige a la segunda parte de la exposición, en donde hay dispositivos que  los pequeños  pueden manipular libremente.

 Esta exposición surgió a partir de una inquietud de Doris Gallego, coordinadora de Primera Infancia de Comfandi, sobre la escasa oferta de espacios culturales para los menores de 6 años en la ciudad de Cali y, específicamente, frente a la pregunta, por  qué no hay museos para ellos, surgió esta propuesta que se unió al marcado interés del área de formación del Museo de La Tertulia sobre la creación de espacios para los niños. Las dos entidades, junto con el acompañamiento de la Universidad del Valle, presentaron un proyecto interinstitucional e interdisciplinario a la primera versión de la Beca a proyectos de inclusión de niños y niñas de la primera infancia en entidades museales de la Convocatoria de Estímulos del Ministerio de Cultura de Colombia en 2015.

“Nosotros necesitamos que en la ciudad haya propuestas culturales para los niños. Actualmente hay centros recreativos, centros comerciales, algo de títeres, y las bibliotecas públicas. La intención de este proyecto consistió en dejar instalada en la ciudad espacios artísticos y culturales pensados en primera infancia”, explica Gallego.

El proyecto resultó ganador de la Convocatoria de MinCultura, siendo seleccionado entre 11 propuestas para recibir 35 millones de pesos para su realización. A su vez, recibió una donación particular en memoria de Ivonne Mizradhi, para proyectos de primera infancia, que permitió cubrir todos los costos.

A la hora de elegir qué obras se propondrían, se optó por no tener un curador externo, sino por hacer un trabajo conjunto entre el área de formación y curaduría del Museo con las guías de sala, quienes dieron pistas importantes para identificar las obras de acuerdo a su propia experiencia con los niños. “Se eligieron las obras con el tema de la casa, el hábitat y el espacio que dispararan otras formas de abordar el arte y que fueran pensadas para el público de primera infancia. Al final, la curaduría da un panorama de la colección del museo y de distintos momentos del arte del siglo XX”, explica Alejandro Marín, curador.



La propuesta era arriesgada pues rompía con los guiones y paradigmas previos que ya tenía la entidad. Pero el trabajo conjunto y armónico entre el equipo del museo, Comfandi, el Colectivo 720 y la Universidad del Valle, logró el objetivo de que “no se fuera a confundir con un dispositivo más de un centro comercial, sino que fuera muy claro que se quería crear una exposición de arte para niños dentro del Museo que cumpliera con una estética y que en el tema de la museografía fuera impecable”, explica Ana Lucía Llano, directora del Museo.

Para el diseño del espacio se llamó al Colectivo 720, ganador de la convocatoria del diseño de la Cinemateca de Bogotá. Su director, Mario Camargo, se entusiasmó con la propuesta pues tiene una niña de 3 años  y ha padecido la falta de espacios culturales enfocados en primera infancia en la ciudad de Cali. Además, le implicaba un reto en cuanto al diseño. “Pocas veces como arquitecto se tiene la posibilidad de hacer este tipo de ejercicios con tanto detalle”, explica.

Desde el Museo les pidieron lineamientos específicos como que la exposición pudiera armarse y desarmarse, que el espacio estimulara la movilidad, ocultara y mostrara objetos, fuera libre de riesgos, manejara diferentes texturas, pero sobre todo, fuera muy atractivo para los niños. Mientras Camargo diseñaba, no sólo tuvo en cuenta estos parámetros sino que se imaginó a su hija haciendo el recorrido.

Fue así como se diseñó el segundo túnel que llega a la segunda parte de la exposición: una casa interactiva a la que se entra a través de la ventana. Las obras que allí se encuentran son el resultado de una convocatoria dirigida a artistas jóvenes de la región para que crearan obras especialmente enfocadas en primera infancia.

Nicolás Morales, por ejemplo, propuso una serie de piedras blandas en el espacio del jardín, inspirado en su propia vivencia de construir pequeñas fortalezas con las piedras de los ríos, que denominó ‘Madriguera’. De acuerdo con Gallego, “esta obra es lo máximo para los niños porque se asombran ante un objeto cuya consistencia contradice su imagen, y porque la sienten como algo muy cotidiano”.

Mientras que Ivonn Lloreda, artista y guía de sala del museo, se encargó de los objetos dentro de la casa interactiva: muebles, sillas, perchero, mesa y sábanas de diferentes texturas y colores que configuran ‘Fortaleza’. “La idea es que fuera una actividad que se hiciera dentro del museo pero que no necesitara de materiales externos y que a través de los objetos propuestos los niños quisieran construir su propia casa”, explica.

Al final de la exposición, los niños llegan a ‘Mil formas de una pared’, una casa que aún está por terminar cuya pared final se completa, destruye y reconstruye con cada grupo o visitante, a manera de tangram, que les ha permitido “configurar no sólo casas sino también ciudades con parques”, agrega Lloreda.

La propuesta ha sido tan exitosa que aunque en principio estaba pensada para terminar el 31 de mayo se extendió hasta mediados del mes de julio, y pasó de esperar 800 visitas en un comienzo a haber atraído más de 10.000 visitantes.

Para Sandra Argel, coordinadora del grupo de Primera Infancia del Ministerio de Cultura, “esta exposición es una experiencia significativa que evidencia cómo la infraestructura cultural se constituye en un espacio adecuado para promover el desarrollo integral de la primera infancia. Es clara la vinculación de las líneas rectoras propuestas para la educación inicial como el juego, el arte y la exploración del medio, además de todo el desarrollo de una exposición en el contexto museológico que promueve la participación de los niños”.

El proyecto ha sido visitado por niños que hacen parte de centros de estimulación temprana, jardines infantiles y colegios, e incluso por niños mayores de seis años que en varios casos visitaban el museo por primera vez.  “Para nosotros ha sido fundamental esta exposición, pues hizo que el Museo se volviera un plan para la familia. El resultado es tan satisfactorio que nos da una fortaleza de poder llevar esta sala a otros espacios y otros territorios, y de saber que este es un primer momento, y un espacio que nos está pidiendo a gritos la ciudad: un espacio familiar que conserve el sentido que tiene el museo y que permita que los niños que ahora nos visitan, sean los adultos que a futuro vengan a La Tertulia”, concluye Ana Lucía Llano.

 Por Lucía Camargo Rojas. Publicado en Gaceta de El País de Cali