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lunes, 4 de julio de 2016

'Colonia infancia': la exposición de arte que divierte a los niños



Si quien visita la exposición ‘Colonia Infancia’, mide más de 1.5 metros de altura, necesariamente desde la entrada debe agacharse y prepararse para encontrar una exhibición pensada ya no para adultos, sino para los más pequeños de la casa. Se trata de la exposición ‘Colonia Infancia’ que actualmente se exhibe en el primer piso del edificio de la Sala de la Colección del Museo La Tertulia en Cali.

Así que la mejor postura para ingresar al túnel de madera de entrada  es gatear unos siete metros para encontrarse con la obra ‘Niño’ de Rufino Tamayo, que hace parte de la colección permanente del Museo. “Los niños salen corriendo directo a ese primer cuadro, con el que hay una especie de mímesis y se sienten identificados. Luego se devuelven por el túnel a una bifurcación a través de la cual llegan a un nuevo espacio en donde se encuentra ‘Una casita del sol’, del artista Emilio Sánchez, obra a partir de la cual se monta toda la museografía”, explica Mario Camargo, del Colectivo 070, encargado del diseño arquitectónico de esta singular propuesta que busca acercar el arte a los más pequeños de una manera lúdica y orgánica.

Después, el visitante puede visualizar las distintas partes de la casa, representadas todas en otras siete obras que hacen parte de la colección del museo. ‘Teresa la mujer mesa’, la icónica pieza escultórica de Hernando Tejada, es la mesa del hogar, mientras que las bolsas de plástico sobre acrílico que conforman ‘Bocagrande II’, obra de Alicia Barney y el ensamble de objetos de vinilo y madera de ‘Cajas’, de Bernardo Salcedo, son algunos de los mobiliarios de la casa.

También se puede observar la escultura en metal con motores y tela de la serie ‘Camas’, de Feliza Bursztyn, que  alude al lugar para dormir; ‘Pinturas de agua’, de Óscar Muñoz, hacen referencia a la ducha, mientras que el cuadro ‘El rincón’, de Santiago Cárdenas, remite a las distintas maneras de habitar el espacio doméstico. Finalmente, ‘La cuarta dimensión’, de Yukata Yocota, es una pieza que invita de lleno a meterse en la obra de arte, pues está al lado de un nuevo túnel en madera que dirige a la segunda parte de la exposición, en donde hay dispositivos que  los pequeños  pueden manipular libremente.

 Esta exposición surgió a partir de una inquietud de Doris Gallego, coordinadora de Primera Infancia de Comfandi, sobre la escasa oferta de espacios culturales para los menores de 6 años en la ciudad de Cali y, específicamente, frente a la pregunta, por  qué no hay museos para ellos, surgió esta propuesta que se unió al marcado interés del área de formación del Museo de La Tertulia sobre la creación de espacios para los niños. Las dos entidades, junto con el acompañamiento de la Universidad del Valle, presentaron un proyecto interinstitucional e interdisciplinario a la primera versión de la Beca a proyectos de inclusión de niños y niñas de la primera infancia en entidades museales de la Convocatoria de Estímulos del Ministerio de Cultura de Colombia en 2015.

“Nosotros necesitamos que en la ciudad haya propuestas culturales para los niños. Actualmente hay centros recreativos, centros comerciales, algo de títeres, y las bibliotecas públicas. La intención de este proyecto consistió en dejar instalada en la ciudad espacios artísticos y culturales pensados en primera infancia”, explica Gallego.

El proyecto resultó ganador de la Convocatoria de MinCultura, siendo seleccionado entre 11 propuestas para recibir 35 millones de pesos para su realización. A su vez, recibió una donación particular en memoria de Ivonne Mizradhi, para proyectos de primera infancia, que permitió cubrir todos los costos.

A la hora de elegir qué obras se propondrían, se optó por no tener un curador externo, sino por hacer un trabajo conjunto entre el área de formación y curaduría del Museo con las guías de sala, quienes dieron pistas importantes para identificar las obras de acuerdo a su propia experiencia con los niños. “Se eligieron las obras con el tema de la casa, el hábitat y el espacio que dispararan otras formas de abordar el arte y que fueran pensadas para el público de primera infancia. Al final, la curaduría da un panorama de la colección del museo y de distintos momentos del arte del siglo XX”, explica Alejandro Marín, curador.



La propuesta era arriesgada pues rompía con los guiones y paradigmas previos que ya tenía la entidad. Pero el trabajo conjunto y armónico entre el equipo del museo, Comfandi, el Colectivo 720 y la Universidad del Valle, logró el objetivo de que “no se fuera a confundir con un dispositivo más de un centro comercial, sino que fuera muy claro que se quería crear una exposición de arte para niños dentro del Museo que cumpliera con una estética y que en el tema de la museografía fuera impecable”, explica Ana Lucía Llano, directora del Museo.

Para el diseño del espacio se llamó al Colectivo 720, ganador de la convocatoria del diseño de la Cinemateca de Bogotá. Su director, Mario Camargo, se entusiasmó con la propuesta pues tiene una niña de 3 años  y ha padecido la falta de espacios culturales enfocados en primera infancia en la ciudad de Cali. Además, le implicaba un reto en cuanto al diseño. “Pocas veces como arquitecto se tiene la posibilidad de hacer este tipo de ejercicios con tanto detalle”, explica.

Desde el Museo les pidieron lineamientos específicos como que la exposición pudiera armarse y desarmarse, que el espacio estimulara la movilidad, ocultara y mostrara objetos, fuera libre de riesgos, manejara diferentes texturas, pero sobre todo, fuera muy atractivo para los niños. Mientras Camargo diseñaba, no sólo tuvo en cuenta estos parámetros sino que se imaginó a su hija haciendo el recorrido.

Fue así como se diseñó el segundo túnel que llega a la segunda parte de la exposición: una casa interactiva a la que se entra a través de la ventana. Las obras que allí se encuentran son el resultado de una convocatoria dirigida a artistas jóvenes de la región para que crearan obras especialmente enfocadas en primera infancia.

Nicolás Morales, por ejemplo, propuso una serie de piedras blandas en el espacio del jardín, inspirado en su propia vivencia de construir pequeñas fortalezas con las piedras de los ríos, que denominó ‘Madriguera’. De acuerdo con Gallego, “esta obra es lo máximo para los niños porque se asombran ante un objeto cuya consistencia contradice su imagen, y porque la sienten como algo muy cotidiano”.

Mientras que Ivonn Lloreda, artista y guía de sala del museo, se encargó de los objetos dentro de la casa interactiva: muebles, sillas, perchero, mesa y sábanas de diferentes texturas y colores que configuran ‘Fortaleza’. “La idea es que fuera una actividad que se hiciera dentro del museo pero que no necesitara de materiales externos y que a través de los objetos propuestos los niños quisieran construir su propia casa”, explica.

Al final de la exposición, los niños llegan a ‘Mil formas de una pared’, una casa que aún está por terminar cuya pared final se completa, destruye y reconstruye con cada grupo o visitante, a manera de tangram, que les ha permitido “configurar no sólo casas sino también ciudades con parques”, agrega Lloreda.

La propuesta ha sido tan exitosa que aunque en principio estaba pensada para terminar el 31 de mayo se extendió hasta mediados del mes de julio, y pasó de esperar 800 visitas en un comienzo a haber atraído más de 10.000 visitantes.

Para Sandra Argel, coordinadora del grupo de Primera Infancia del Ministerio de Cultura, “esta exposición es una experiencia significativa que evidencia cómo la infraestructura cultural se constituye en un espacio adecuado para promover el desarrollo integral de la primera infancia. Es clara la vinculación de las líneas rectoras propuestas para la educación inicial como el juego, el arte y la exploración del medio, además de todo el desarrollo de una exposición en el contexto museológico que promueve la participación de los niños”.

El proyecto ha sido visitado por niños que hacen parte de centros de estimulación temprana, jardines infantiles y colegios, e incluso por niños mayores de seis años que en varios casos visitaban el museo por primera vez.  “Para nosotros ha sido fundamental esta exposición, pues hizo que el Museo se volviera un plan para la familia. El resultado es tan satisfactorio que nos da una fortaleza de poder llevar esta sala a otros espacios y otros territorios, y de saber que este es un primer momento, y un espacio que nos está pidiendo a gritos la ciudad: un espacio familiar que conserve el sentido que tiene el museo y que permita que los niños que ahora nos visitan, sean los adultos que a futuro vengan a La Tertulia”, concluye Ana Lucía Llano.

 Por Lucía Camargo Rojas. Publicado en Gaceta de El País de Cali

lunes, 9 de noviembre de 2015

Libros recorren la selva para llegar a los jóvenes del Vaupés

 
Libros recorren la selva para llegar a los jóvenes del Vaupés

Campaña 'Regalar un libro es mi cuento' llevó 30.000 libros nuevos para estudiantes de la región.

Ciro Ferneley con su libro 'Los músicos de Bremen'. Foto: Archivo MinCultura

Ciro Ferneley camina en círculos por todo el salón de tercer grado del colegio Bocas del Yi, de Vaupés, abrazando su libro 'Los músicos de Bremen', de los hermanos Grimm. Sólo se detiene para verificar –y probablemente comparar– qué libro recibió un compañero del curso y parece satisfecho con los resultados. El suyo es un libro de pasta dura lleno de ilustraciones y el de su compañero también.

“Profe, yo quiero leer un libro”, le dijo a su profesor cuando cursaba primero de primaria, pues desde preescolar tenía la inquietud de hacerlo. Hoy en día Ciro lee todas las tardes en la biblioteca de su escuela, en donde también hace sus tareas. Cuenta que le gusta leer un libro de enseñanzas llamado 'Nacho lee', así como los relatos de Rafael Pombo.

Mientras habla, sigue sosteniendo su nuevo libro como no queriéndolo soltar. Ciro, como la mayoría de niños del colegio Bocas del Yi, y en general del Vaupés, habla tres idiomas: cuveo, yuruti y castellano. Dice que no sabe cómo se traduce 'Los músicos de Bremen' en cuveo, pero sí la palabra “músicos”: se dice ‘UpaîpØêvã’.

'Los músicos de Bremen' fue comprado en una librería bogotana por un colombiano que quiso regalar un libro a un estudiante del país y que lo depositó en el buzón de la campaña ‘Regalar un libro es mi cuento’, una iniciativa liderada por 26 librerías y 22 editoriales del país, a través de la Cámara Colombiana del Libro, junto con los Ministerios de Cultura y Educación.

El libro fue enviado a una bodega del Ministerio de Cultura en donde se guardaron los primeros 33.000 que se recolectaron en la primera fase de la campaña para los departamentos de Vaupés, Guainía y San Andrés. Posteriormente, viajó en un avión de carga hasta llegar a Mitú y se trasladó a la Biblioteca Departamental José Eustasio Rivera.

Desde allí, viajó en una lancha con dos funcionarios de MinCultura y el lanchero Víctor Valencia una hora por la inmensidad del río Vaupés, hasta llegar al colegio Bocas del Yi, en donde estudian 224 niños de la región, la mayoría a manera de internado, pues sus hogares se encuentran muy retirados del colegio y los pequeños deben llegar en canoa a estudiar.



                                              Ciro Ferneley y su compañero de curso comparan los libros que les regalaron. Foto: archivo MinCultura.

Multiculturalidad

Un viaje similar al de 'Los músicos de Bremen' fue el que hizo Luis Hernando Infante Donoso hace más de tres décadas. Tenía en ese entonces 24 años y se acababa de graduar como licenciado en filología e idiomas de la Universidad Libre de Bogotá. Estaba ávido de aventuras y de ejercer su carrera como docente. Por eso no lo dudó cuando le ofrecieron un cargo en Vaupés.

Corría el año 1980 e Infante arribó con los esquemas de formación citadinos que chocaron al llegar a una zona rural indígena. “Me encontré con una gran diversidad étnica y cultural: un mundo que me era totalmente desconocido. Empecé a acoplarme e ir conociendo y a darme cuenta que la educación en esta región es un reto porque se sale de todos los esquemas”, explica el actual coordinador del Plan Nacional de Lectura y Escritura de la Secretaría de Educación del Vaupés.

Infante se refiere a que en Vaupés el 85% de la población estudiantil es indígena. Así como Ciro, la mayoría son políglotas pues saben la lengua de la etnia de su padre por obligación, la de su madre por necesidad, una lengua franca (cuveo o tucano), castellano, y hasta portugués (aquellos que colindan con Brasil). En Vaupés existen aproximadamente 200 comunidades indígenas de 26 etnias que hablan 23 lenguas ágrafas. Cada etnia tiene sus costumbres y su propia cosmovisión.

Los niños indígenas en sus hogares tienen interacción con la lengua de su padre y de su madre y cuando llegan a grado primero –en donde los estándares curriculares tienen previsto que el niño aprenda a leer y a escribir– “apenas están comenzando a entender palabras y frases elementales del castellano, que es una nueva lengua para ellos”, explica Plinio Restrepo, rector de la Escuela Normal Superior Indígena María Reina de Mitú.

José Miguel Doria, docente de la escuela José Eustasio Rivera y quien vivió en la comunidad Acaricuara, agrega que los estudiantes indígenas manejan muy bien los mitos y leyendas pues su tradición oral es muy rica, gracias a las historias que les cuentan sus abuelos. “Ellos son muy buenos para crear e inventar historias orales. Y aunque tienen problemas con la ortografía y algunos con comprensión de lectura, cuentan con una caligrafía muy bonita. Incluso sus dibujos son muy llamativos y estéticos”, comenta.

El castellano, entonces, no es la primera lengua de los estudiantes indígenas. Pero lo aprenden porque es la lengua nacional. “Nosotros no podemos ser ajenos a la globalización que vive el mundo de hoy y, además, el acceder a derechos fundamentales como la salud, la educación, y otros tantos beneficios que son propios del Estado y de la atención a las poblaciones, implican necesariamente dominar una lengua. Lo importante es conservar ese equilibrio: asumir las competencias comunicativas en lengua castellana y también conservar lo nuestro, que no se pierdan la identidad del grupo étnico ni la cultura propia”, explica Restrepo.



Niños de Bocas del Yi reciben los libros que los colombianos les regalaron. Foto: Archivo MinCultura

Una selva sin librerías

Además de que algunos estudiantes presentan dificultades para aprender a leer y escribir, deben enfrentar otro reto: el acceso a los libros, que en Vaupés es muy limitado. No existen librerías. Lo más parecido son ciertos almacenes ubicados en Mitú, en donde se venden gran cantidad de objetos y, a veces, uno que otro libro.

Eso sí, el departamento cuenta con cuatro bibliotecas públicas: la Biblioteca Departamental José Eustasio Rivera y la Biblioteca Pública Municipal de la Casa de la Cultura Luis Enrique Chávez Velásquez, así como las bibliotecas de los municipios de Taraira y Carurú que hacen parte de la Red Nacional de Bibliotecas Públicas y que han sido dotadas con libros gracias al Plan Nacional de Lectura y Escritura ‘Leer es mi cuento’. A su vez, existen 118 establecimientos educativos en 16 instituciones que en total tienen unas 38 bibliotecas escolares, enfocadas principalmente en textos escolares.



Quien desee comprar libros, generalmente lo hace cuando viaja a Villavicencio o a Bogotá. Así que con ese panorama no es raro que en los hogares sea difícil encontrar libros. Yuli Andrea Rubio Cruz, docente y directora del Sistema de investigación de la Escuela Normal Indígena, cuenta que en el Semillero de investigación en lectura y escritura, en el que participan estudiantes de los grados 11 al 13 interesados en esta temática, han realizado cartografías de los lugares en donde hay espacios para la lectura y la escritura en Mitú y han descubierto que generalmente los estudiantes que cuentan con libros en sus casas tienen algún familiar que trabaja como docente y es quien los lleva, o porque los mismos jóvenes los roban de las bibliotecas.

Otros, en cambio, han visto los beneficios que trae pedir los libros en préstamo, como es el caso de Emilse Triana, estudiante de noveno del colegio José Eustasio Rivera, quien desde hace dos años entró a la Biblioteca Departamental y quiso llevarse a su casa una buena cantidad. “Me explicaron que tenía que llevármelos de uno en uno, así que tomé 'María' de Jorge Isaacs, que me encantó. Desde entonces cuando acabo un libro vuelvo por otro. Estoy leyendo unos 10 libros al mes”, cuenta.

Ésta ávida lectora, tiene expectativas por conocer qué libro recibirá gracias a la campaña ‘Regalar un libro es mi cuento’ y cruza los dedos para que sea uno que no se haya leído. También espera que con los libros que se entreguen a los jóvenes de su edad se los motive a leer para que ocupen mejor su tiempo libre.

Algo similar espera Ximena Corazón Martínez, estudiante de la Escuela Normal Indígena que se reúne con cinco jóvenes más a leer libros relacionados con el Amazonas en la maloca Ipanoré todos los miércoles, de 4:00 p.m. a 6:00p.m., y que, por influencia de su hermana –quien se encerraba a leer en su cuarto y que tenía un vocabulario ‘elegante y diplomático’ que le causaba curiosidad– se ha convertido en una lectora voraz.

Mientras tanto Ciro Ferneley, el estudiante de Bocas del Yi, cuenta que leyó cuatro veces el libro 'Los músicos de Bremen' y que lo que más le ha gustado son los dibujos y las enseñanzas. Su abuelo, el docente pensionado Héctor Gómez Estrada, quien vive con Ciro y usualmente le cuenta las historias de la región y de su cultura cuenta: “Para mí es un orgullo que cada niño tenga un libro, para que así pueda alimentar su pensar y el análisis. Muy interesante porque así los niños van aprender muchas cosas más”.

Por Lucía Camargo Rojas

Nota publicada en El Tiempo el 6 de noviembre de 2015