Medio ambiente

La sorpresa del invierno
A los pocos meses de haberse posicionado como presidente, Santos debió asumir un problema que no estaba entre sus planes de gobierno: el invierno. Recuento sobre las acciones emprendidas para enfrentar la emergencia y los retos a futuro.

Por Lucía Camargo Rojas*

Camas, mesas y sillas se veían flotando en medio de lo que parecía ser un río interminable. Colombianos de diferentes regiones estaban, literalmente, con el agua hasta el cuello. Otros, por su parte, debían aguantar el trancón o usar vías alternas por culpa de los derrumbes. La oleada invernal de 2010 a 2011 afectó a más de 3 millones de personas en 93% de los municipios

En mayo de 2010 las agencias internacionales, técnicas y científicas dieron la alerta: se aproxima el fenómeno de la niña (ver recuadro). A finales de julio fue una realidad en la Costa Atlántica. A esto se le añadió el inicio del invierno. La mezcla entre fenómeno de la niña y temporada invernal fue un coctel explosivo para el país. Poco a poco las imágenes de poblaciones enteras bajo el agua coparon los noticieros. En noviembre era evidente. El país estaba totalmente inundado.

Ese mes el comité operativo y el comité técnico del Sistema Nacional para la Prevención y Atención de desastres (SNPAD) alertaron a Juan Manuel Santos, presidente de la República. El 7 de diciembre se dio la declaratoria de desastre en el territorio colombiano y el estado de emergencia económica, social y ecológica. “Esta emergencia hizo mucho daño porque fue continuada y disparaba dardos permanentemente a toda la población. Atacaba en varias regiones de Colombia de forma simultánea y durante un largo periodo de tiempo, lo que produjo un efecto multi-amenaza, multiemergencia y diferentes afectaciones: unas por deslizamientos, otras por inundaciones y otras por cierre y bloqueo de vías que, combinadas, generaron un problema crítico para todo el país” explica Walter Cotte, director ejecutivo de la Cruz Roja Colombiana, entidad que atendió a casi el 50% de los damnificados.

La emergencia tomó a todos los colombianos por sorpresa, incluido el primer mandatario quien debió cambiar sus planes de gobierno y jugar rápidamente unas fichas que no tenía previstas: la creación de Colombia Humanitaria y la inclusión del tema en el Plan Nacional de Desarrollo.

Colombia Humanitaria
Para atacar el problema, Santos decidió crear, como primera medida, un Fondo para la emergencia y la rehabilitación dentro del Fondo Nacional de Calamidades que administra el SNPAD. Posteriormente, creó un Fondo de adaptación que es administrado directamente por Presidencia. Estas dos cuentas se enmarcan dentro de la campaña denominada Colombia humanitaria, que también cobija todas las acciones para atender la emergencia realizadas tanto por el gobierno nacional como por los departamentales.

La gran mayoría de los recursos (4.5 billones) del Fondo para la emergencia y la rehabilitación ya se han comprometido ylo gestionan los ministerios y las entidades descentralizadas: gobernaciones y alcaldías. Las primeras se encargan de los alimentos y aseo y las segundas de las obras mayores y menores. La entidad es quien dice cuántos recursos se necesitan, para qué y quién será el operador (una ONG, la Defensa civil, etc). La novedad consiste en que el actual gobierno creó el Fondo de adaptación (de 12 billones) que, aunque comenzó a pensarse en diciembre de 2010, inició labores en julio de 2011, y tiene proyectada una existencia de cuatro años. Busca, junto con los ministerios, hacer un seguimiento a las obras que iniciaron con los recursos del de emergencias, pero también realizar un acompañamiento psicosocial y cultural, así como una activación económica en las regiones.

De acuerdo con Lucía González, coordinadora técnica de Colombia Humanitaria, el Fondo de adaptación pretende refundar o construir de modo que el país pueda adaptarse al cambio climático. Además, actualmente se está trabajando para que este fondo promueva mecanismos de formación en ética planetaria, una institucionalidad y una legislación mucho más precisa en relación con el entorno, y una conciencia sobre la vulnerabilidad social en la que se encuentran la mayoría de afectados por el invierno: los más pobres de los pobres.

“Los objetivos finales consisten en que Colombia Humanitaria promueva el accionar de un Estado entero (toda una apuesta por la institucionalidad y la gobernabilidad) para combatir la calamidad, pero simultáneamente que esa experiencia sirva para fortalecer el SNPAD. Es una apuesta mucho más de fondo. La calamidad va a seguir sucediendo, y lo importante es dejar una capacidad instalada en el territorio y un imaginario diferente de institucionalidad” explica González.


“El país no estaba preparado”
Según el director ejecutivo de la Cruz Roja Colombiana, el país estaba acostumbrado a emergencias medianas y pequeñas que se atendían de manera colectiva, pero no estaba preparado para una emergencia como la que ocurrió entre 2010 y 2011. “Armero era el analfabetismo, la emergencia de Paez la primaria y el terremoto del Eje Cafetero el bachillerato. Este invierno era la universidad pero no nos hemos graduado todavía. La respuesta del gobierno fue grande y fuerte, pero no fue suficiente porque el problema era demasiado grande para todos”.





De acuerdo con Ómar Agudelo, director del Centro de Estudios para prevención de desastres (Ceprevé) de la Universidad Nacional, un invierno como el pasado ya había ocurrido entre 2007 y 2008 en Sucre, Córdoba y Sur de Bolívar con cifras de damnificados igualmente alarmantes. “Nosotros deberíamos ser expertos en las dinámicas del agua y no en declararnos sorprendidos. Actuamos sobre la emergencia y no tenemos una cultura de planificación”, explica el experto.

Por su parte Rafael Colmenares, ex director de Ecofondo, alerta sobre cómo un fenómeno como la reciente emergencia invernal no sólo es atribuible al fenómeno de la niña y al cambio climático sino también a problemas más domésticos que fueron identificados por el Estudio Nacional del Agua del Instituto de Estudios Ambientales de la Universidad Nacional (1996) en donde se explica que todo lo que ocurre en las zonas altas (páramos) y medias (industria) del país va a parar a donde confluyen las aguas.

“Como los niveles de contaminación y deforestación han aumentado en la zona andina, las lluvias no encuentran cobertura vegetal que amortigüe las precipitaciones y el agua arrastra sedimentos, causando los desbordamientos de los ríos. El resultado no puede ser diferente al de las inundaciones”, sentencia Colmenares y añade que el problema radica en creer que la reciente ola invernal es un evento particularmente trágico y no percatarse de que fue un efecto acumulado de un proceso que viene de mucho tiempo atrás.

Hacia futuro




“El invierno fue una cachetada, un agente de presión duro más allá de los discursos que obliga a que cambiemos de mentalidad y pensemos en generar sistemas y en planificar nuevos escenarios mucho más acordes con el cambio climático” comenta Cotte.

Los diferentes analistas consultados por Cien días parecen coincidir en un punto: definitivamente la emergencia invernal demostró la necesidad de que el país tenga un enfoque de reducción de riesgo y pensamiento proyectivo que se canalice en un Sistema nacional de atención y prevención de desastres más fuerte y consolidado. Los nuevos fondos de Colombia Humanitaria parecen enfocarse en lograrlo. Pero el reto es inmenso. Cotte, por ejemplo, llama la atención para que el país tenga más capacidad de reacción y respuesta colectiva a través de un componente de mitigación, reducción del riesgo a nivel local, sistemas de alerta temprana y fortalecimiento de capacidades locales. Además, evidencia el apoyo de la Cruz Roja a la dirección de gestión del riesgo para actualizar y promover la ley 46 de 1988, por la cual se crea y organiza el SNAPD.

Por su parte, Agudelo insiste en que el país debe centrarse en mitigar la vulnerabilidad. El experto alerta sobre cómo el mapa de inundación (ver mapa) demuestra cómo la mayor afectación ocurrió en las comunidades más vulnerables, por lo que es necesario mejorar su desarrollo social y económico para que la situación no se repita. Incluso, recuerda la famosa frase de Omar Darío Cardona, docente de la Universidad Nacional sede Manizales: “Los desastres corresponden a los problemas no resueltos por el desarrollo”.



Frase con la que el presidente de la República pareció estar de acuerdo cuando afirmó, en medio de la tragedia invernal, que el invierno era la oportunidad para el desarrollo de las comunidades afectadas. Para lograrlo, argumenta Agudelo, el país debe entender qué es ‘gestión de riesgo’, un término que, según el investigador, se ha puesto de moda pero pocos están atendiendo. “La gestión del riesgo no es la gerencia del desastre sino un proceso que va desde la prevención hasta la reconstrucción, en donde los eventos amenazantes y la vulnerabilidad están en posibilidad de manifestarse y, por consiguiente, hay que intervenirlos”.

De acuerdo con Agudelo, al crear los fondos de Colombia Humanitaria, el gobierno le quitó autonomía a la dirección de gestión del riesgo del SNPAD, entidad que debería ser la que fije las prioridades de los fondos. Además, a diferencia de González, considera que el SNPAD debería manejar todo el tema de la emergencia y no una nueva entidad como Colombia humanitaria.

¿Está el SNPAD preparado para atender nuevas emergencias y para reducir la vulnerabilidad de la gran mayoría de regiones del país? ¿Se tiene que fortalecer en sí mismo o necesita de una ayuda externa como Colombia Humanitaria? ¿Maneja el sistema un enfoque de gestión del riesgo como proceso? ¿Lo maneja en este momento Colombia Humanitaria? Son algunas de las preguntas que empiezan a hacerse las entidades relacionadas con la emergencia. Lo cierto es que el invierno demostró que, definitivamente, el país no está enfocado en prevenir.

Los analistas consideran que el gobierno se la metió toda para atender la emergencia (socorro) y
ha hecho un gran esfuerzo por fomentar la reducción de riesgo y pensar a futuro (planificar y prevenir) a través del Fondo de adaptación. Pero no es suficiente. Se hace urgente que las diferentes entidades involucradas den la discusión sobre cuál puede ser la mejor estrategia para fortalecer el SNPAD. El modelo de Colombia Humanitaria dará pistas pero debe estar en permanente discusión con el SNAPD y demás entidades.

Pero además, la emergencia alerta, como plantea Colmenares, sobre cómo las alteraciones del ciclo hidrológico también contribuyen a generar nuevos problemas de inundación que seguirán pasando si se promueven sistemas productivos que alteren los ciclos naturales. El gobierno ha dado pasos pero parece que el tema del invierno, mezclado con el ambiental, puede llegar a generar situaciones que desborden todas las capacidades. “Esta tragedia la podemos convertir en una oportunidad pero va a depender mucho más del Fondo de adaptación. De que logre corregir errores de la infraestructura, pero sobre todo si es capaz de profundizar en el compromiso que todos tenemos con el medio ambiente”, comenta González.

Sin embargo, la eficiencia del uso del dinero de los fondos también dependerá de la transparencia con la que se destinen los recursos del invierno. Por la premura de la emergencia, se decidió que la “Ley de Garantías” no aplicará para la ejecución de los recursos provenientes del Fondo de calamidades y aunque en un comunicado de Colombia Humanitaria se afirma que “las entidades deben minimizar el riesgo de que se presente una indebida utilización de los recursos” la Misión de Observación Electoral (MOE) ha alertado sobre cómo su distribución puede terminar convirtiéndose en botín electoral (El Tiempo, 2011). Por eso la MOE accederá a la información sobre la destinación de recursos semanalmente. Pero, de acuerdo con esa entidad, es necesario que haya una fuerte vigilancia de la Contraloría y los mismos ciudadanos.

En octubre vendrá una nueva oleada invernal y todas las entidades esperan estar más preparadas. Pero los inviernos más fuertes se presentarán cuando se vuelva a juntar el periodo invernal con el fenómeno de la niña. Del gobierno, y de todos los colombianos, dependerá que no sea una cachetada en la otra mejilla del país.

Recuadro:

Fenómeno de la niña y cambio climático
Los fenómenos del niño y la niña son procesos que se dan en Suramérica y en las costas de Australia porque el Océano Pacífico se calienta de forma anómala y en algunos casos se enfría. Este cambio drástico de temperatura en el mar hace que el patrón de vientos se transforme y, por lo tanto, que la cantidad de precipitaciones que migra a nuestro territorio varíe drásticamente. Cuando en nuestro país hay exceso de precipitaciones estamos ante la presencia del fenómeno de la niña o el fenómeno frío del Pacífico. En cambio, cuando llueve menos se está ante la presencia del fenómeno cálido o del niño.

En la comunidad científica se empieza a especular que, probablemente, el fenómeno de la niña —un ciclo natural del planeta que ha ocurrido, por lo menos, desde hace 1200 años — se ha vuelto más recurrente por el cambio climático. Sin embargo, Efraín Domínguez, docente de la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales de la Pontificia Universidad Javeriana es enfático en afirmar que es necesario encontrar la evidencia para comprobar esa hipótesis. Es claro que este fenómeno no es particularmente cíclico pero sí es recurrente. No obstante, daría la impresión de que en la última década se ha presentado de forma más frecuente. En los últimos 70 años estaba ocurriendo con una periodicidad de más o menos cada 12, 14 o 20 años, mientras que en las últimas dos décadas se ha presentado cada siete años.

Si la temperatura global del planeta se ha vuelto cada vez más caliente por causa del cambio climático, es probable que también lo haga la superficie del océano. Sin embargo, Domínguez aclara que, en la medida en que la tierra es un sistema natural, busca autoregular su temperatura y, por lo tanto, los patrones tanto de corrientes atmosféricas y oceánicas necesariamente tienen que cambiar. Pero aún la comunidad científica no ha medido la magnitud ni la periodicidad de ese cambio.

Referencias:
Tiempo.com, Bogotá, julio 4. Disponible en:
• Colombia Humanitaria.gov.co, 2011, “’Ley de Garantías’ no aplica para los contratos que se
celebren con ocasión de emergencia invernal” en Colombiahumanitaria.gov.co, julio 1 de
2011.
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*Periodista del equipo de comunicación del CINEP/PPP
Publicado en Cien días vistos por CINEP/PPP No 73, agosto de 2011.

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Carolina Figueroa. Fotografía: David Campuzano


Carolina Figueroa capturó la esencia de uno de los lugares más bellos del país: el Parque Eólico Jepírachi, en La Guajira.

Carolina Figueroa estudió Ciencia Política porque tenía ganas de transformar el país. Aunque hoy en día piensa que es un sentimiento ingenuo, en la medida en que un estudiante de colegio no alcanza a dimensionar la complejidad de la política, sí considera que se pueden hacer cambios importantes. Un anhelo que ha demostrado al integrar su pasión por la política con su interés por la fotografía y la problemática ambiental en una exposición de retratos del Parque Eólico Jepírachi, ubicado en La Guajira, que se exhibe hasta el 31 de marzo en la sesión anual del Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas en Ginebra, Suiza.

Figueroa, quien recibirá su cartón de politóloga de la Universidad Javeriana en mayo, decidió investigar sobre la problemática ambiental para su trabajo de grado, luego de haber empezado a acercarse al tema en Toulouse, Francia, cuando realizaba un intercambio en el Instituto de Estudios Políticos, y de haber hecho una pasantía en el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente, en Bruselas.

“En Bélgica tuve la oportunidad de asistir a las reuniones de los gobiernos europeos y ver cómo se tomaban las decisiones en materia ambiental”, cuenta emocionada Carolina. Por eso no dudó en investigar, al volver a Colombia, sobre el tema que más le había llamado la atención: el cambio climático. El caso del Parque Eólico Jepírachi le resultó interesante por estar enmarcado con los parámetros ambientalistas que tanto había estudiado.

El parque, inaugurado el 21 de diciembre de 2003, se especializa en la generación de energía eólica. Por lo tanto, es un lugar que produce energía limpia, sin emisiones de carbono, que son perjudiciales para el medio ambiente. Para que el parque pudiera ser construido, Empresas Públicas de Medellín (EPM) tuvo que pedir permiso a los indígenas wayúu, quienes son los dueños del territorio. La comunidad autorizó su ejecución a cambio de que les hicieran obras de compensación como una planta desalinizadora y seguimiento nutricional a los niños. Precisamente fueron las relaciones entre EPM y la comunidad wayúu relacionadas con la problemática del desarrollo sostenible lo que Figueroa investigó y retrató con su cámara fotográfica.

Las fotos se exponen junto con las de 12 jóvenes de diferentes países del mundo que también registraron la forma como el cambio climático afecta a las comunidades. Ellos, al igual que Carolina, participaron del concurso “Turning the Tide”, organizado por el British Council.

Mientras tanto, Carolina se dedica a reunir los papeles necesarios para crear una fundación que investigue temas ambientales y espera que sus fotos no sólo se exhiban en Ginebra sino también, a finales de este año, en la reunión que se llevará a cabo en Copenhague para decidir el futuro del Protocolo de Kyoto.

Lucía Camargo Rojas
Publicado en El Espectador, miércoles 11 de marzo de 2009.

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Fotografía: Diana Sánchez-El Espectador


Alimentos libres de hormonas, químicos o manipulación transgénica llenan los estantes.

Pollo sin hormonas, enlatados de cebollitas asadas con aceite de girasol, mermeladas y compotas para bebés libres de químicos o manipulación transgénica, son algunos de los productos con los que se pueden llenar las bolsas de tela de las doce tiendas especializadas en productos orgánicos que hay en Bogotá.

El recorrido en estos almacenes puede complementarse con un nutritivo almuerzo, en donde se ofrece un menú diario con carnes o vegetariano. En algunas de estas tiendas también hay pabellones de salud y belleza, así como un área de información de seminarios, libros y eventos del sector. Pero si los ánimos no dan para tener que trasladarse, también se puede llamar a tiendas como Balú, para pedir a domicilio los productos que se deseen.

“Ecológico, orgánico, biológico son sinónimos a la hora de catalogar los productos de estas tiendas”, explica Alejandro Martín, presidente de la junta directiva de la Red Colombia Verde, organización que agrupa a 41 asociaciones de productores de artículos orgánicos de todo el país. “Un producto ecológico es aquel que ha sido cultivado con sistemas de producción sostenibles, libres de químicos, hormonas, manipulación transgénica, que preserva la biodiversidad y que además proviene de sistemas de producción justos”, agrega.

Los fabricantes de artículos orgánicos evitan los monocultivos, el uso de hormonas, de fungicidas y de insecticidas, advierte Martín. ¿Cómo lo logran? A través de la implementación de medios alternativos para el control de plagas y enfermedades como hongos o insectos, que naturalmente cumplen esta función. De esta forma se logra volver a un sistema que promueve el equilibrio natural.

Beneficios de lo orgánico
El esfuerzo que realizan campesinos de todo el país para trabajar las cerca de 45.000 hectáreas certificadas por el Ministerio de Agricultura como productoras de artículos orgánicos, beneficia a los consumidores quienes reciben un alimento cuya relación de nutrientes, vitaminas y minerales es natural y, por consiguiente, provechosa para mantener una buena salud. “Los médicos alternativos recomiendan a sus pacientes que consuman productos orgánicos, ya sea de forma preventiva o como complemento del tratamiento de ciertas enfermedades como el cáncer”, explica Esther Moreno, gerente de Amrit, uno de los supermercados.

De hecho, ya hay madres que han empezado a visitar este tipo de supermercados, con la idea de fomentar un desarrollo adecuado en sus hijos. Así lo explica Francis Muñetones, gerente de Balú, quien cuenta que el pollo orgánico se ha convertido en un artículo bastante apetecido porque, al ser un alimento libre de hormonas, evita cualquier tipo de desarrollo precoz en los pequeños.

Lo importante es que los consumidores sepan diferenciar un producto orgánico de uno convencional. Para ello, es necesario que identifiquen el sello del Ministerio de Agricultura. “El producto que lo porta es de la más alta calidad, compite con cualquier producto gourmet y, además, es amigable con el medio ambiente y benéfico para la salud”, concluye Martín.
Lucía Camargo Rojas

Publicado en El Espectador, jueves 15 de enero de 2009.
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Maude Barlow. Fotografía: Óscar Pérez-El Espectador



Inicia la discusión sobre el referendo del agua en el Congreso. Maude Barlow, Premio Nobel Alternativo, estuvo de paso por Colombia dando su respaldo a la iniciativa popular.

Maude Barlow, asesora principal del presidente de la Asamblea de la Organización de Naciones Unidas para el Agua, estuvo de paso por Colombia en el Foro Internacional del Agua que se llevó a cabo en días pasados. Su visita sirvió como preámbulo al debate que inicia hoy en la Comisión Primera de la Cámara de Representantes en torno al referendo del agua.

Con el respaldo de dos millones de firmas, los promotores del referendo esperan no encontrar mayores tropiezos en el trámite legislativo. Representantes de todas las bancadas ya han manifestado su apoyo.

En su discurso, Barlow no sólo dio su respaldo al proyecto de ley que convoca a los colombianos a votar a favor del derecho fundamental al agua potable, sino que, además, insistió en la importancia del agua como un bien público en el panorama mundial.

Barlow contó a El Espectador que su batalla por el agua como un derecho fundamental inició hace 23 años, cuando Estados Unidos y Canadá (su país de origen) negociaban un tratado económico. El agua comenzaba a considerarse como uno más de los bienes comerciales e intercambiables en este tipo de tratados. Mientras en Canadá abundaba el recurso, en Estados Unidos comenzaba a escasear.

La canadiense, quien se cataloga a sí misma como una “activista social”, inició una profunda reflexión sobre si el agua efectivamente pertenece a alguien, si debe ser un bien público o privado o si debe venderse. Una problemática que, afirma, le ronda la cabeza todos los días y que la llevó, en el año 1998, a escribir un artículo que rápidamente se convirtió en un libro: El oro azul, y que ha sido traducido a docenas de idiomas.

Barlow, quien es conocida como “la reina del agua”, reparte su tiempo entre la presidencia del Consejo de Canadienses, el Proyecto Planeta Azul, del cual es fundadora, y sus continuos viajes a lo largo del mundo.

Por eso, habla con propiedad de la crisis mundial del agua y de cómo los distintos países ya están comenzando a tener disputas por ésta. “Ejemplos como el conflicto entre China e India por el Himalaya, o el de Estados Unidos con México por el río Colorado así lo demuestran”, comenta.

La activista tiene una propuesta muy clara. “Toda sociedad debe garantizar el agua como un derecho fundamental de cada individuo, que se traduce como el mínimo vital o el agua para la vida: una cantidad que debe ser gratis o al menos muy barata”, afirma Barlow.

Sin embargo, aclara que luego de que se garantice ese mínimo vital, sí puede empezarse a cobrar. Además, explica que esta idea debe estar en armonía con el concepto de agua como un bien público, es decir, que pertenece a todos los individuos, pero que debe usarse con ciertas reglas.

Barlow asegura que si no se toman en cuenta estas medidas tendremos que enfrentar, como ya ha empezado a manifestarse en algunos países, una crisis de escasez de agua. “Ni siquiera podremos pensar en un derecho al agua, si no hay agua”, afirma de forma contundente. Por eso asegura que “todos debemos ayudar a solucionar este problema”.

Por ahora espera una política más decidida desde el centro de las Naciones Unidas. “Tengo la esperanza de que en unos años esta organización declarará el agua como un derecho fundamental y que nadie tiene el derecho de apropiársela o venderla”, concluye.

Lucía Camargo Rojas
Publicado en El Espectador, martes 2 de diciembre de 2008.

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Eco-arquitectura
Parada de bus. Ilustración de Efrat Gommeh- Plantware


Refugios contra terremotos y parques para niños hechos a partir de árboles vivientes ya no hacen referencia solamente a las casas de los hobbits descritas por Tolkien en El Señor de los anillos, sino a una tendencia clara entre los arquitectos por crear nuevas construcciones, habitables y útiles, acordes con la ecología y el desarrollo sostenible.

Así lo demuestran investigaciones como las que vienen realizando profesores de la Universidad de Tel Aviv, en Israel, junto con la compañía Plantware, quienes han desbordado su imaginación para aprovechar la estructura de árboles vivientes y crear construcciones que son las delicias de los arquitectos: paraderos de buses en los que el follaje da sombra a los futuros pasajeros, parques para niños en donde el rodadero sigue la ruta del tronco, entre otras novedosas construcciones.

Las originales estructuras han sido construidas en Estados Unidos, Australia e Israel y su secreto consiste en que se hacen a partir de ciertas especies de árboles que no necesitan del suelo para vivir. “Controlamos el crecimiento de las raíces maleables y les damos forma de tal manera que puedan convertirse en objetos útiles”, explicó el profesor Amram Eshel al centro de noticias de la Universidad de Tel Aviv.

Para Esperanza Caro, docente de la Escuela de Arquitectura de la Universidad Nacional, este tipo de investigaciones se enmarcan en la tendencia mundial de apostarle a la arquitectura sostenible, en la que se busca ahorrar energía, cuidar el medio ambiente y mejorar la calidad de vida.

Casas de plátano
En cuanto a la investigación de materiales novedosos para la construcción, Colombia no se queda atrás. Así lo demuestra el estudio que vienen adelantando, hace más de un año, profesores de la Universidad Bolivariana seccionales Montería y Medellín, quienes decidieron convertir los desechos de los cultivos de plátano en un material indispensable a la hora de construir los hogares de nuestro país.

Los docentes escogieron la fibra del plátano y banano porque en Colombia se siembran aproximadamente unas 400.000 hectáreas de este tipo de cultivos. Sin embargo, de una misma planta tan sólo se extrae el fruto y se dejan como desecho el tallo, el raquis y las hojas. Los investigadores, entonces, tuvieron la idea de aprovechar ese material orgánico para crear estructuras que tengan una función en la construcción: los paneles.

En arquitectura los paneles son construcciones livianas, de tipo rectangular, que se utilizan para hacer muros interiores, cielos falsos o divisiones de oficina. La idea de este equipo de investigación consistió en reemplazar los paneles que hoy en día existen por unos que tienen bajo impacto ambiental al estar constituidos por los desechos de los cultivos de plátano y banano.

“Con la construcción de los paneles de plátano se soluciona un problema ecológico al reutilizar unos desechos, a la vez que se produce un producto sostenible que no daña el medio ambiente”, asegura Lina Muñoz, directora del grupo Arquitectura Urbanismo y Clima, que junto con los Laboratorios de Estudios de Experimentación Técnica en Arquitectura y el GINUMA, que pertenecen a las seccionales de Montería y Medellín, vienen adelantando esta investigación.

Lucía Camargo Rojas

Publicado en El Espectador, jueves 18 de septiembre de 2008.

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Rafael Colmenares. Fotografía: David Campuzano-El Espectador



Este lunes, a la una y media de la tarde, saldrán a marchar los representantes de las más de 60 organizaciones y redes de voluntarios que se encargaron, durante seis meses, de reunir dos millones de firmas para que el Congreso de la República convoque a un Referendo por el Agua. Los participantes iniciarán su recorrido desde la puerta de la calle 26 de la Universidad Nacional hasta la Registraduría, en donde entregarán las firmas que permitirán consultarle a la sociedad colombiana si quiere convertir el agua en un bien esencial.

Con motivo de este evento, El Espectador entrevistó a Rafael Colmenares, director ejecutivo de Ecofondo, y uno de los promotores de esta iniciativa.

¿De dónde surge la idea del Referendo por el Agua?
Del deterioro de los ecosistemas colombianos, de la situación dramática de 13 millones de personas que no acceden al agua potable, en un país que es rico en este recurso. También de los resultados de la política instaurada con la Ley 142 de 1994, en la cual se le dio al agua un tratamiento mercantil, con resultados negativos en términos de aumento de tarifas y de imposibilidad de acceso al servicio por parte de la población más pobre. Además, nos motivó el plebiscito que se hizo en Uruguay para establecer el carácter público del agua.

¿Cómo comenzó este proceso?
Se celebró una Asamblea en la Defensoría del Pueblo el 27 de febrero de 2007, en la que 60 organizaciones sociales y ambientales tomamos la decisión de realizar un referendo. Se constituyó el comité promotor y se inició la primera fase que consistió en recoger 136.000 firmas. En marzo de este año la Registraduría nos dio luz verde para pasar a esta segunda etapa: recoger el 5% del censo electoral.

¿Cuál es el objetivo?
Que todos los colombianos tengan agua potable a unas tarifas pagables y además, que se garantice una cantidad mínima y gratuita esencial para la vida.

¿Cómo fue el proceso de recolección de firmas?
Se hizo con base en redes de organizaciones sociales y grupos de voluntarios. Hicimos una propaganda sencilla a través de un volante. Viajamos por ríos como el Magdalena, el de Bogotá y el Cauca, en donde se destacó la presencia de los indígenas.

¿Cuál es la anécdota que más recuerda de estos recorridos?
Cuando salimos en la primera navegación de Barranquilla estábamos acompañados de un mamo arhuaco, que hizo una ceremonia en el muelle. “Esta navegación queda protegida”, dijo al terminar y creo que eso sirvió para el resto de las navegaciones, porque no tuvimos ningún problema.

¿Le sorprendió la respuesta de la gente?
Nunca pensamos que fuéramos a llegar a los dos millones de firmas. Los cálculos más optimistas no estaban arriba de un millón setecientos mil. Fue un proceso que comenzó lento, pero del que la gente se apropió.

¿Después de presentar las firmas ante la Registraduría, qué sigue?
Hay que esperar a que se cuenten las firmas, después el Referendo pasa al Congreso. Soy optimista en el sentido de que el Legislativo va a respetar la voluntad de los colombianos de querer decidir cómo se maneja el agua en el país. El día en que se convoque al Referendo confiamos en que siete millones y medio de colombianos, que la Ley exige deben participar, acudirán a la cita. La mitad más uno tiene que expresarse a favor de la propuesta para que quede consagrada en la Constitución. Sea cual sea el resultado, creo que el hecho de poner esto en discusión es muy positivo.

¿Qué significa para la sociedad colombiana el haber recaudado esta cantidad tan alta de firmas?
Que es una sociedad viva, que quiere participar, que se está transformando y madurando en medio de muchas dificultades. Auguro un futuro en el cual los planteamientos impositivos que no dejan espacio para nada más, van a quedar en una posición aislada frente a la gran mayoría de colombianos, que quiere abrirse a la diversidad de opciones y tomar decisiones.

Lucía Camargo Rojas
Publicado en El Espectador, lunes 15 de septiembre de 2008.
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Laura y Maria Paula Forero. Fotografía: Gabriel Aponte-El Espectador

Diseñadoras a favor del medio ambiente. Las hermanas Forero se han dedicado a crear modelos únicos con ropa usada.

La preocupación por proteger el medio ambiente e implementar iniciativas de reciclaje no sólo se ha convertido en una causa común entre los activistas de Greenpeace, ecologistas o biólogos sino que poco a poco se ha ido expandiendo a otras áreas insospechadas como la música, el diseño y fabricación de muebles y ahora al mundo de la moda. Así lo demuestra la ardua labor a la que se han dedicado las hermanas Laura y María Paula Forero: utilizar ropa usada para fabricar nuevos y exclusivos diseños.

La idea surgió hace más de un año, cuando Laura cursaba su último semestre de Diseño de Modas en la Escuela de Diseño Arturo Tejada, en Bogotá, y tuvo que crear una idea de empresa con productos que no existieran en el mercado. Tiempo atrás Laura había empezado a modificar su guardarropa, al rediseñar las prendas que había dejado de usar, pero que todavía estaban en buen estado, cortándole las mangas, cambiándole el bordado, etc. Una labor a la que se dedicó durante varios meses y que sirvió de inspiración para su proyecto de grado, que consistía en crear un taller de modificación y reciclaje de ropa, hasta ese entonces inédito en Colombia.

Laura siempre tuvo la idea de que quería contribuir, desde su profesión, a mitigar problemáticas mundiales como la contaminación y el calentamiento global. Por eso buscó elaborar diseños en los que no se gastaran tantos materiales. “Para producir tela hay que hacer tinturas, muchas de ellas compuestas de derivados del petróleo, lo que contamina el planeta. ¿Por qué no coger lo que ya la gente no está utilizando y diseñar ropa que sea tan novedosa como para que se la quieran poner?”. Así nació Obra Negra.

Nueva ropa usada
Lo primero que hacen las dueñas de Obra Negra para confeccionar un nuevo diseño es comprar ropa de segunda en la Plaza España en Bogotá. Pero no se abastecen de cualquiera, siempre acuden a quien les ofrezca precios económicos y prendas en muy buen estado.

A esa ropa, que escogen con minucioso cuidado, buscando que sea de la mejor calidad, la llevan a la lavandería. Luego en su taller desbaratan completamente las prendas, quitándoles el forro, los botones y el hilo, de tal forma que sólo se queden con la tela que utilizarán para confeccionar los modelos que diseñaron previamente. Esa labor, explican Laura y María Paula, es similar a armar un rompecabezas, pues tienen que llenar el espacio (el molde) con la ropa usada y ésta debe encajar a la perfección. No obstante, no es una actividad arbitraria, pues ambas buscan que la prenda final sea armónica y tenga un estilo novedoso y exclusivo.

Sin embargo, muchas veces la tela usada no alcanza para completar el diseño del molde, por lo que recurren a una de excelente calidad y mucho más costosa, en otras ocasiones, en cambio, lo hacen de manera intencional para que los diseños sean novedosos. Por eso, en este proceso no existe una receta establecida. Cada caso es distinto y a veces deben improvisar con los materiales que tengan a la mano. Generalmente las prendas se fabrican con un 80% de tela reciclada.

Finalmente, esta es una especie de juego que combina el diseño, la innovación, con la disponibilidad de los recursos que logren conseguir. Eso sí, Laura y María Paula aclaran que siempre serán nuevos los forros, las entretelas y los insumos (botones, cremalleras e hilo) por una cuestión de higiene.

Como cada diseño es particular y el proceso es manual, su labor es sumamente dispendiosa y prácticamente artesanal. Una sola chaqueta, por ejemplo, puede demorarse dos semanas en confeccionar. Eso sí, su cliente puede estar tranquilo: no encontrará una prenda igual en ninguna otra parte, ni siquiera en la misma Obra Negra. Pero pueden estar seguros de que al comprarlo estarán contribuyendo a contaminar menos el planeta.

Lucía Camargo Rojas

Publicado en El Espectador, jueves 14 de agosto de 2008.

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Foto de Francisco Nieto. Cortesía Instituto Humboldt


Héroes del medio ambiente


Mauricio Álvarez ha dedicado su vida a grabar e identificar el canto de las aves.


Desde que era un niño Mauricio Álvarez supo que iba a estudiar algo que tuviera que ver con los animales. Era aficionado al programa Naturalia y a leer la colección de la revista National Geographic de su abuelo. Por eso entró a estudiar biología a la Universidad de los Andes. En segundo semestre, gracias a una salida de campo, se dio cuenta de que quería que su profesión estuviera encaminada al estudio de las aves. Lo que más le atrajo fue su color y lo llamativo de sus alas.



Sin embargo, con los años y luego de haber trabajado con Martin Kelsey, un inglés que grababa el sonido de los pájaros y que con sólo oírlo sabía identificar de qué especie se trataba, se enamoró de su canto. Se obsesionó tanto con el tema que comenzó a grabar los ruidos de las aves, a clasificarlos y ponerles nombres. Recién graduado, continuó trabajando con la Universidad de los Andes, en la Macarena, durante cuatro años y siguió registrando los cantos de estos animales, hasta que se dio cuenta de que tenía suficiente información como para montar un banco de sonidos. 

En 1995 fue contratado por el Instituto Humboldt para manejar las colecciones biológicas y, posteriormente, se le presentó la oportunidad de materializar finalmente su gran proyecto y fundar el banco de sonidos.


La huella digital de las aves

Las aves son animales escurridizos para aquellos que, como Álvarez, se dedican a investigarlas. Irónicamente, para poderlas ver y mantenerlas quietas, habría que talar todos los bosques. Por eso, una forma determinante para estudiarlas es a través de su canto, el cual permite descubrir y comprender su mundo y su lenguaje. 

Hay que afinar el oído para poder reconocer qué sonidos son señales de alarma, con cuáles se marca el territorio, se corteja o se mendiga alimento. Además, a través del sonido de los pájaros se puede identificar especies que físicamente son idénticas, pero que al comparar, por ejemplo, con un examen molecular, son diferentes. Por eso, para Álvarez, el canto es la huella digital de las aves.

Tener grabaciones del sonido de los pájaros, además, contribuye a hacer inventarios rápidos en las regiones, a conocer cómo era el ecosistema de un lugar que ya se ha transformado, a reconocer las diferentes especies de seres vivos que allí habitan e incluso se convierte en un mecanismo para relajarse y entrar en contacto con la naturaleza. 

“Es una maravilla cuando, ya después de que uno tiene experiencia, camina por un bosque y puede identificar el 80% de los sonidos que escucha. Uno sabe que ahí hay un tucán o que llegó un pájaro carpintero. Uno tiene la película completa de qué es lo que está pasando a su alrededor”, dice con emoción Álvarez. 

El banco de sonidos hace parte de un proyecto napoleónico: el Inventario Nacional de Biodiversidad, que consiste en catalogar las aves, insectos, plantas y peces del territorio colombiano. Un esfuerzo académico de distintas ONG y universidades.

Esa gran investigación tiene como objetivo dar a conocer la magnífica diversidad de nuestro país, para que cada colombiano se apropie de ella y se concientice de que su labor es protegerla.

Además de ser un enamorado de las aves, Álvarez se preocupa por fomentar la importancia de este estudio, pues considera que no se debe restringir a un ámbito netamente académico. “Los colombianos deben conocer la importancia del entorno ambiental que los rodea. Sólo de esta forma podrán valorar la naturaleza de nuestro país y trabajar para preservarla”, concluye.

Lucía Camargo Rojas

Publicado en El Espectador, jueves 31 de julio de 2008.
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Caballero andante con machete

En los cerros orientales los guardabosques del Acueducto protegen las reservas forestales, guían a los caminantes y se ocupan en oficios del campo. Jaime Pineda, uno de los “sapitos” más veteranos, comparte una jornada con Directo Bogotá en sus dominios de Santa Ana.


En medio de los árboles y el sonido lejano de una quebrada se oye un “croac, croac, croac…”. Luego se escucha “¿Aló?”. Pero no es un batracio lo que suena, sino un ringtone de celular cuya señal llega a los cerros de Bogotá, donde vive Jaime Pineda, guardabosques de la Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá. Estamos en una caminata por el predio que él cuida. Yo, ingenuamente, creí ver un sapo real cuando me percato de que la posmodernidad nos juega malas pasadas: ya hasta los guardabosques tienen teléfonos móviles que, irónicamente, imitan la naturaleza. Me río y don Jaime me cuenta que a los encargados de cuidar los bosques les dicen “sapitos”.Su uniforme es verde azuloso y consiste en una gorra, un pantalón y una camisa de manga larga, que lleva tanto en un bolsillo como en la espalda la figura del sapo blanco que identifica a la empresa. Don Jaime lo porta orgulloso, pues lleva 19 años trabajando como guardabosques. Acaba de cumplir 60 años y se pensionará en el 2009, pero prácticamente no tiene canas. La gruesa piel de su cara se debate entre el blanco y el rojo por la exposición al sol.En el camino nos encontramos con un padre y su hijo, que le agradecen al guardabosques por haber conseguido un carné para recorrer el predio. Él me explica que se debe pedir un permiso a la empresa para visitar con frecuencia la zona.La ruta de los caminantes


Hacia las seis de la mañana acuden entre 20 y 30 personas a los predios del Acueducto en Usaquén a caminar y respirar aire puro. Sin embargo, si alguien visita el terreno los sábados y los domingos en la noche y se aleja hasta la parte más alta, es probable que sea atracado. Don Jaime cuenta cómo muchos se han devuelto literalmente sin nada, ni siquiera con ropa.

Al lugar se llega por la calle 119 con carrera 7a; luego se debe subir por la cuesta empinada que es esta vía hasta la carrera 0, donde está el Gimnasio los Cerros y, más adelante, la portería del Club del Acueducto. Si uno mira hacia abajo, se encuentra con todas las lujosas edificaciones de Santa Bárbara Alta. A continuación, si la persona va caminando, puede durar unos 40 minutos hasta llegar a la casa de don Jaime (teniendo en cuenta que el sendero es empinado), mientras que si va en carro puede tardar unos diez minutos. Por el camino se pasa el Club del Acueducto y luego se llega a una carretera destapada por la que se debe cruzar a la izquierda. En medio de los árboles hay una pequeña casa, como si fuera un sitio encantado en el lujoso sector.Don Jaime debe hacer un recorrido por su propio predio tres veces a la semana. Otros días, cuando lo llaman para colaborar con otros guardabosques, funcionarios de la Empresa del Acueducto llegan hasta la casa encantada en un carro y lo recogen para ir a Chingaza, por ejemplo. Así, el “sapito” explica que todos los días su trabajo es diferente, lo que no lo libera de la obligación de estar las 24 horas pendiente de su predio. Si no se encuentra en la zona de Santa Ana, su esposa Lucía se hace cargo, y si se presenta algún inconveniente, lo contacta por radioteléfono.Contra la maleza y los maleantesMientras vamos caminando, don Jaime saca su machete de la vaina, hecha de cuero color marrón y rodeada por una trenza fina del mismo material. Lo hace de forma espontánea, sin fuerza, con la rapidez de los caballeros de la Edad Media cuando sacaban sus espadas y se disponían a batallar. La contienda de don Jaime es con las matas que impiden el paso a los caminantes. Al cortar las ramas produce un ruido agudo y fuerte (el mismo que seguramente producían los hidalgos cuando le quitaban el brazo a alguno de sus contrincantes) y se cuida de eliminar únicamente las que hacen estorbo. Acto seguido, el guardabosques retira la mata cortada y la empuja hacia una de las orillas del sendero para que sirva de abono al bosque. Finalmente, devuelve el machete a la vaina, en actitud de victoria.



El “sapito” tiene a su cargo siete senderos que debe mantener despejados. Y como cualquiera de los 40 guardabosques vinculados a la Empresa de Acueducto, cuida y protege las zonas de reserva forestal que le asignan. Por tanto, debe impedir que la gente invada los terrenos, estar pendiente de que los visitantes no boten basura o recogerla, dado el caso. Así mismo, debe controlar los incendios forestales, la deforestación y ejercer los oficios del campo: montar y herrar un caballo, hacer una cerca, plantar y podar un árbol y usar la motosierra y la guadañadora. Y para hacer largas caminatas necesita tener muy buen estado físico.Don Jaime cuenta que los visitantes hacen fogatas, no las apagan debidamente y pueden causar incendios. A ellos, según el guardabosques, no se les debe tratar mal, sino explicarles de la mejor manera el daño ecológico que causan. “Hay que cuidar estos bosques porque son los pulmones de Bogotá; es la arborización la que purifica el aire contaminado de la ciudad”.Don Jaime no sólo cuida las zonas verdes para todos los bogotanos, sino que, al hacerlo, también disfruta de su trabajo. “Uno siempre está con la familia respirando aire puro y así puede vivir más años, mientras que el habitante de la ciudad está estresado”, dice.Antes de ser guardabosques trabajaba en una hacienda, pero hoy en día no echa de menos esa vida. “Hay que progresar. En esas fincas uno no tiene seguro ni estabilidad económica. Aquí la empresa da facilidades —afirma—. El trabajador, que es como un esclavo, apenas tiene para comer lo diario. ¿Qué tal que los hijos estuvieran allá en el campo? Mis hijos serían unos trabajadores iguales a mí: brutos así como uno, porque a uno nunca le dieron estudio. Le enseñaron apenas a coger la ‘rula’ y echar machete”.En este oficio se debe tener mucha paciencia, no sólo para cuidar y estar a gusto con la naturaleza, sino también para tratar a las personas que quieren quedarse en los predios. Esa calma la da la vida del campo.



El “guardapulmones”La figura del guardabosques se creó en la Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá hace más de 50 años por la necesidad de proteger las zonas de reserva forestal administradas por la empresa. De hecho, el Acueducto es uno de los mayores terratenientes de la ciudad de Bogotá: sus predios albergan las reservas de agua y conservan los nacimientos de los ríos y quebradas. Según Juan Ricardo Gómez, director de la Carrera de Ecología de la Universidad Javeriana, el área que cuida don Jaime está constituida por parte de los cerros Orientales, que es la zona más extensa de Bogotá con características verdes, y en esa medida, gracias al proceso fotosintético, las plantas producen glucosa y oxígeno para otras especies. Además, el páramo de Sumapaz —de donde llega buena parte del agua a la capital—, se encuentra detrás de los cerros, que no sólo reciclan el aire, sino que además mantienen la calidad de agua.


Lucía Camargo Rojas


Publicado en revista Directo Bogotá, número 22, julio-septiembre 2008.