jueves, 9 de abril de 2009

Caballero andante con machete


Caballero andante con machete

En los cerros orientales los guardabosques del Acueducto protegen las reservas forestales, guían a los caminantes y se ocupan en oficios del campo. Jaime Pineda, uno de los “sapitos” más veteranos, comparte una jornada con Directo Bogotá en sus dominios de Santa Ana.

En medio de los árboles y el sonido lejano de una quebrada se oye un “croac, croac, croac…”. Luego se escucha “¿Aló?”. Pero no es un batracio lo que suena, sino un ringtone de celular cuya señal llega a los cerros de Bogotá, donde vive Jaime Pineda, guardabosques de la Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá. Estamos en una caminata por el predio que él cuida. Yo, ingenuamente, creí ver un sapo real cuando me percato de que la posmodernidad nos juega malas pasadas: ya hasta los guardabosques tienen teléfonos móviles que, irónicamente, imitan la naturaleza. Me río y don Jaime me cuenta que a los encargados de cuidar los bosques les dicen “sapitos”.

Su uniforme es verde azuloso y consiste en una gorra, un pantalón y una camisa de manga larga, que lleva tanto en un bolsillo como en la espalda la figura del sapo blanco que identifica a la empresa. Don Jaime lo porta orgulloso, pues lleva 19 años trabajando como guardabosques. Acaba de cumplir 60 años y se pensionará en el 2009, pero prácticamente no tiene canas. La gruesa piel de su cara se debate entre el blanco y el rojo por la exposición al sol.

En el camino nos encontramos con un padre y su hijo, que le agradecen al guardabosques por haber conseguido un carné para recorrer el predio. Él me explica que se debe pedir un permiso a la empresa para visitar con frecuencia la zona.

La ruta de los caminantes

Hacia las seis de la mañana acuden entre 20 y 30 personas a los predios del Acueducto en Usaquén a caminar y respirar aire puro. Sin embargo, si alguien visita el terreno los sábados y los domingos en la noche y se aleja hasta la parte más alta, es probable que sea atracado. Don Jaime cuenta cómo muchos se han devuelto literalmente sin nada, ni siquiera con ropa.

Al lugar se llega por la calle 119 con carrera 7a; luego se debe subir por la cuesta empinada que es esta vía hasta la carrera 0, donde está el Gimnasio los Cerros y, más adelante, la portería del Club del Acueducto. Si uno mira hacia abajo, se encuentra con todas las lujosas edificaciones de Santa Bárbara Alta. A continuación, si la persona va caminando, puede durar unos 40 minutos hasta llegar a la casa de don Jaime (teniendo en cuenta que el sendero es empinado), mientras que si va en carro puede tardar unos diez minutos. Por el camino se pasa el Club del Acueducto y luego se llega a una carretera destapada por la que se debe cruzar a la izquierda. En medio de los árboles hay una pequeña casa, como si fuera un sitio encantado en el lujoso sector.

Don Jaime debe hacer un recorrido por su propio predio tres veces a la semana. Otros días, cuando lo llaman para colaborar con otros guardabosques, funcionarios de la Empresa del Acueducto llegan hasta la casa encantada en un carro y lo recogen para ir a Chingaza, por ejemplo. Así, el “sapito” explica que todos los días su trabajo es diferente, lo que no lo libera de la obligación de estar las 24 horas pendiente de su predio. Si no se encuentra en la zona de Santa Ana, su esposa Lucía se hace cargo, y si se presenta algún inconveniente, lo contacta por radioteléfono.

Contra la maleza y los maleantes

Mientras vamos caminando, don Jaime saca su machete de la vaina, hecha de cuero color marrón y rodeada por una trenza fina del mismo material. Lo hace de forma espontánea, sin fuerza, con la rapidez de los caballeros de la Edad Media cuando sacaban sus espadas y se disponían a batallar. La contienda de don Jaime es con las matas que impiden el paso a los caminantes. Al cortar las ramas produce un ruido agudo y fuerte (el mismo que seguramente producían los hidalgos cuando le quitaban el brazo a alguno de sus contrincantes) y se cuida de eliminar únicamente las que hacen estorbo. Acto seguido, el guardabosques retira la mata cortada y la empuja hacia una de las orillas del sendero para que sirva de abono al bosque. Finalmente, devuelve el machete a la vaina, en actitud de victoria.

El “sapito” tiene a su cargo siete senderos que debe mantener despejados. Y como cualquiera de los 40 guardabosques vinculados a la Empresa de Acueducto, cuida y protege las zonas de reserva forestal que le asignan. Por tanto, debe impedir que la gente invada los terrenos, estar pendiente de que los visitantes no boten basura o recogerla, dado el caso.

Así mismo, debe controlar los incendios forestales, la deforestación y ejercer los oficios del campo: montar y herrar un caballo, hacer una cerca, plantar y podar un árbol y usar la motosierra y la guadañadora. Y para hacer largas caminatas necesita tener muy buen estado físico.

Don Jaime cuenta que los visitantes hacen fogatas, no las apagan debidamente y pueden causar incendios. A ellos, según el guardabosques, no se les debe tratar mal, sino explicarles de la mejor manera el daño ecológico que causan. “Hay que cuidar estos bosques porque son los pulmones de Bogotá; es la arborización la que purifica el aire contaminado de la ciudad”.

Don Jaime no sólo cuida las zonas verdes para todos los bogotanos, sino que, al hacerlo, también disfruta de su trabajo. “Uno siempre está con la familia respirando aire puro y así puede vivir más años, mientras que el habitante de la ciudad está estresado”, dice.

Antes de ser guardabosques trabajaba en una hacienda, pero hoy en día no echa de menos esa vida. “Hay que progresar. En esas fincas uno no tiene seguro ni estabilidad económica. Aquí la empresa da facilidades —afirma—. El trabajador, que es como un esclavo, apenas tiene para comer lo diario. ¿Qué tal que los hijos estuvieran allá en el campo? Mis hijos serían unos trabajadores iguales a mí: brutos así como uno, porque a uno nunca le dieron estudio. Le enseñaron apenas a coger la ‘rula’ y echar machete”.

En este oficio se debe tener mucha paciencia, no sólo para cuidar y estar a gusto con la naturaleza, sino también para tratar a las personas que quieren quedarse en los predios. Esa calma la da la vida del campo.

El “guardapulmones”

La figura del guardabosques se creó en la Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá hace más de 50 años por la necesidad de proteger las zonas de reserva forestal administradas por la empresa. De hecho, el Acueducto es uno de los mayores terratenientes de la ciudad de Bogotá: sus predios albergan las reservas de agua y conservan los nacimientos de los ríos y quebradas. Según Juan Ricardo Gómez, director de la Carrera de Ecología de la Universidad Javeriana, el área que cuida don Jaime está constituida por parte de los cerros Orientales, que es la zona más extensa de Bogotá con características verdes, y en esa medida, gracias al proceso fotosintético, las plantas producen glucosa y oxígeno para otras especies. Además, el páramo de Sumapaz —de donde llega buena parte del agua a la capital—, se encuentra detrás de los cerros, que no sólo reciclan el aire, sino que además mantienen la calidad de agua.

Lucía Camargo Rojas

Publicado en: revista Directo Bogotá, número 22, julio-septiembre 2008.


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