Olga Zapana Alania vive en el distrito de Condoriri en Perú. Hace parte de un grupo de mujeres ahorristas que le ha permitido tener recursos líquidos para mejorar sus productos y pagar la educación de sus hijos.
Vive a más de 4000 metros sobre el nivel del mar. Para soportar el frío que hace en esas alturas, usa prendas elaboradas con la lana de la alpaca. Tanto así que emana olor a lana, a tierra, a campo. En el encuentro Mujer rural y acceso a la tierra Olga Zapana Alanía se distinguía fácilmente. Es de estatura baja (mide menos de 1.60), tez morena y rasgos indígenas. Sus largas trenzas hacían juego con un diminuto gorro negro que se apresuraba a ponerse para las fotos y con sus largas faldas que apenas dejaban ver sus pies. Era la primera vez que se alejaba de su país. Pasó del Distrito de Conduriri, provincia El Collao, departamento de Puno, en Perú, a los 2.800 metros bogotanos. No sintió frío.
En el encuentro escuchó cómo varias de las asistentes relataron sus luchas cotidianas para obtener unas cuántas hectáreas. Se sorprendió de que todavía en otras partes del mundo sea necesario luchar por la tierra. En su región todos los campesinos son dueños del terreno en que trabajan. “Cuando yo era pequeña los gamonales llegaron y se apoderaron de nuestras tierras. No sé de dónde venían. Maltrataban a los campesinos. Pero cuando yo estaba joven pude comprar mi tierra y los grandes hacendados se fueron. Todo por la reforma agraria. ‘La tierra es de quienes la trabajan’, decía el gobierno. Nosotros hemos aprovechado y ahora tenemos nuestros propios terrenos para vivir”.
“A la tierra le damos cariño”
Olga Zapana lleva cincuenta años trabajando en el campo. Ella misma afirma que tiene una larga trayectoria en la materia. “Nosotros vivimos en armonía con la naturaleza. Creemos que las plantas, animales y seres vivos son como una persona. Por eso, así como la tierra nos da productos y nos corresponde cuando la trabajamos, cultivamos y sembramos, nosotros le correspondemos brindándole cariño. Por ejemplo, para sembrar papa, le damos al suelo su inciensito, su coquita y una grasita que tiene la alpaca, porque sabemos que a la tierra le gusta y se lo damos a cambio de los frutos que ella nos brinda” explica con convicción Olga.
Cuenta que en su región se dedican a la crianza de alpacas —mamíferos característicos del Ecuador, Bolivia y Perú, que se valoran por sus lanas, a partir de las cuales se hacen mantas y ponchos indígenas tradicionales—. Así aprovechan la carne del animal para venderla o consumirla y utilizan su lana para hacer sus propias prendas o comercializarlas.
Además, las familias que conforman su comunidad —y que comparten 30 hectáreas —reparten su tiempo entre la crianza de alpacas, el trabajo de los pastos y la creación de artesanías. Los productos que resultan de su trabajo los venden en un local que es propiedad de todos y en el
que se reúnen para organizarse y capacitarse.
“Nosotros habíamos estado durmiendo. Pero despiertos”
Y es que se han capacitado para funcionar de manera más productiva gracias al apoyo del proyecto Sierra Sur, implementado por PRORURAL/ Ministerio de Agricultura del Perú con financiamiento del FIDA, de la Fundación Capital que promueve la movilización del ahorro popular y del que Olga tuvo oportunidad de hablar en su intervención en el segundo panel del conversatorio. Tomó el micrófono, respiró profundo y con voz pausada y fuerte, como si fuera un quejido, dictaminó: “Nosotros hemos aprendido muchas cosas con Sierra Sur. En realidad nosotros habíamos estado durmiendo. Pero despiertos”.
Así, Olga relató cómo unos técnicos los capacitaron y les enseñaron a mejorar los pastos para criar a sus animales y a no utilizar los materiales plásticos. Además, contó cómo en su comunidad han creado un grupo de mujeres ahorristas. “Antes de que llegara Sierra Sur nosotros quisimos ahorrar. Pero no sabíamos cómo porque mi comunidad queda muy lejos. No sabíamos cómo tener una cuenta bancaria”, explicó.
Hoy en día, cada una de las mujeres del grupo de ahorristas al que Olga pertenece tiene su propia cuenta en el banco y ahorra de acuerdo con sus posibilidades. “Con ese dinero vamos a pagar la educación de nuestros hijos y a mejorar nuestra artesanía. Y también nos ayudará a salir de apuros”, explica.
El proyecto Sierra Sur propone a las comunidades una estrategia integral que facilita dinámicas internas. Abre convocatorias para grupos de ahorro de mujeres, así como para que diferentes equipos obtengan recursos que les permitan contactar directamente servicios de asistencia técnica.
Tanto Olga como sus compañeras han sido usuarias activas del proyecto que, según ellas mismas, les ha ayudado a posicionarse como iguales ante los varones de su comunidad. “Nosotras, como mujeres campesinas, no nos valoramos. Nos falta autoestima. Pensamos que el varón siempre tiene la razón. Pero desde que nos empezamos a organizar en los grupos de mujeres ahorristas, los hombres nos comenzaron a valorar más. Así nosotras estamos haciendo respetar nuestros derechos. Estamos demostrando que nosotras somos tan iguales como el varón”.
¿Quién trabajará la tierra?
Olga está orgullosa de su actual papel en su comunidad. Tanto ella como sus compañeras tienen muchos retos. Quieren ahorrar para la educación de sus hijos y mejorar la calidad y venta de sus productos. Hasta tienen en mente recuperar sus tradiciones: música, danza, canto y alimentación, así como todo lo que les puedan enseñar sus abuelos sobre el cuidado y respeto por la naturaleza.
Sin embargo, a Olga le preocupa el futuro de la tierra que trabaja con tanto esmero. “Creemos que en algún momento no va a haber nadie que trabaje la tierra. Ya no va a haber ganado, ya no va a haber chacra. ¿Qué vamos a hacer si los jóvenes no saben hacer eso? A los jóvenes no se los educa para trabajar la tierra. Sólo están encerrados en cuatro paredes. No hay práctica. Por eso creemos que la educación debería cambiar: 50% campo, 50% teoría. No saben hacer nada y así han crecido. Sólo escriben. Eso no nos deja avanzar”, comenta.
“Yo tengo tres hijos. Ellos no manejan la tierra. Entre ellos mismos deciden irse al pueblo porque no valoran el campo. Le estoy enseñando a trabajar el campo al menor que ya está en la universidad. Él dice: ‘yo nunca voy a dejar mi tierra’. A él sí le gusta. Yo le enseño a que sepa de todo: criar ganado, hacer chacra. Creo que hace falta que a nuestros hijos nosotros mismos les enseñemos eso. Para mí, hoy en día la educación no es para la vida”, concluye.
Publicado en Mujer rural. Derechos, desafíos y perspectivas. Memorias Conversatorio Internacional 7, 8 y 9 de julio de 2010. CINEP/PPP, ILC, FIDA.
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