martes, 1 de mayo de 2018

Libros y revistas de orquídeas para la biblioteca

Los 154 libros y 25 títulos de revistas sobre orquídeas que recopiló el padre Pedro Ortiz Valdivieso, S.J. (1926- 2012) están disponibles para la comunidad javeriana y se exhibirán en abril en la Biblioteca Alfonso Borrero Cabal, S.J.



“Con cariño para Pedro Ortiz V., padre y pilar de la orquideología colombiana. Gracias por todo el aporte desinteresado a la construcción de esta guía”, escribió Guillermo Reina, investigador de la Universidad del Valle, en la dedicatoria del libro Guía ilustrada de las Orquídeas del Valle geográfico del Cauca y Piedemonte andino bajo, que le regaló al fallecido padre Pedro Ortiz Valdivieso, S.J., y que hoy reposa en el tercer piso de la Biblioteca Alfonso Borrero Cabal, S.J.

Esta publicación hace parte de los 154 libros, 25 títulos de revistas y más de 100 carpetas dedicados a la botánica y a las diversas especies de orquídeas, que recopiló el padre Ortiz y que fueron donados al Sistema de Bibliotecas de la Universidad.

Pedro Ortiz, S.J., doctor en sagradas escrituras y experto en las lenguas clásicas, inició esta colección desde finales de los años 60, época en que se interesó por el estudio de las orquídeas colombianas, influenciado por el botánico Lorenzo Uribe, S.J.

“El padre Ortiz fue recopilando los libros y las plantas en paralelo. En esa época, la única manera de enterarse de las novedades era adquirir la publicación por correspondencia o por suscripción. Así es que fue desarrollando poco a poco su propia biblioteca personal de consulta para poder hacer bien su trabajo de clasificación”, explica Alberto Gómez, director del Instituto de Genética Humana de la Javeriana, con quien el padre Pedro publicó libros y artículos científicos.


A pesar de ser de pocas palabras, su interés, meticulosidad y rigurosidad en la investigación de estas plantas lo acercó a orquideólogos nacionales y extranjeros, tanto como a estudiantes de biología. Incluso, algunos de los libros de la colección cuentan con dedicatorias de expertos como Robert L. Dressler, del Jardín Botánico de Missouri.

“Tenía una gran cantidad de revistas del mundo entero, especialmente en alemán”, explica el ortopedista Carlos Uribe, su gran amigo y con quien compartía su fascinación por las orquídeas. “También la colección completa de la revista de la Sociedad Colombiana de Orquideología, importantísima porque ahí se publican las plantas nuevas que ya quedan descritas para el mundo”.

Entre la colección se encuentran libros sobre taxonomía, usos (medicinales, ornamentales) y horticultura de estas plantas. También revistas especializadas como Die Orchidee, Lindleyana y libros de su autoría como Orquídeas nativas de Colombia, Orquídeas en Colombia, Orquídeas del género Masdevallia en Colombia y Orquídeas ornamentales de Colombia, entre otros.

“Muchas de estas publicaciones han sido de escasa circulación, por lo que su ingreso a la Biblioteca General fortalece el trabajo y estudio de este grupo, tanto para investigadores como para botánicos interesados en aprovechar este recurso emblemático para nuestro país”, concluye Jorge Jácome, director de la carrera de Biología de la Javeriana.

Por Lucía Camargo Rojas. Publicado en Hoy en la Javeriana Marzo 2017

La colección de música clásica del padre Izquierdo

El padre Gabriel Izquierdo Maldonado, S.J. (1942-2016), reconocido por su trabajo social, tenía un marcado interés en la música clásica que inmortalizó en su colección de 441 CDs y 10 videos, próximamente a disposición de la comunidad javeriana a través del Sistema de Bibliotecas.



El padre Germán Bernal, S.J. recuerda que una vez entró a la oficina de Gabriel Izquierdo, S.J.
y lo encontró oyendo música de María Callas con audífonos. “—Si viera lo que estoy oyendo— me dijo. Era como una religión para él. Cerraba los ojos para oírla. Se emocionaba mucho con esa música”.

El padre Gabriel Izquierdo es conocido por su defensa por los derechos humanos, pero poco se sabe de su afición por la música. “Gabriel era barítono y cantaba con mucho entusiasmo mientras yo tocaba la marimba, el acordeón y la guitarra. Teníamos nuestro repertorio de música española, boleros viejos, y las letras del padre Rodolfo de Roux, S.J. con música del padre Juan José Briceño, S.J. que interpretábamos en cumpleaños, tertulias, fiestas”, cuenta el padre Bernal, quien compartía con él su gusto por la música.

Pero la pasión musical del padre Izquierdo era la ópera. “Como él vivía en el centro podía cultivarse con buenos conciertos en el Teatro Colón y la Luis Ángel Arango. Además, también viajó mucho a Estados Unidos y Europa, donde probablemente fue a conciertos y pudo coleccionar CDs. Sé que a donde quiera que iba buscaba discos de María Callas”, dice Bernal.

Su colección lo demuestra. Más de 50 CDs y siete videos son de la soprano griega. Para Ana
Cristina González, docente de la Facultad de Música, al revisar la colección se percibe que detrás había “una persona muy apasionada por la música clásica en general, especialmente por el canto y la ópera, y en particular por las interpretaciones de María Callas. Su admiración por Callas posiblemente tendría que ver no solo con su voz, sino también con su belleza y carisma, que como cantante de ópera abraza el arte de la actuación”.



Además de María Callas, en la colección del padre Izquierdo se encuentran obras originales, de muy buena calidad interpretativa, de Giusepe Verdi, Giacomo Puccini, Donizetti, Bellini, por lo que se observa una predilección por la ópera italiana. También autores como Tchaikovsky, Plácido Domingo, Mozart, entre otros, así como muy buenos sellos discográficos como Emmi Clasic, Philips y Deutsche Grammophon.

Para la profesora González, esta colección “tiene un impacto grandísimo porque ya tiene la curaduría de un melómano, alguien que realmente sabía y disfrutaba. Les servirá a los estudiantes de música, especialmente a los de canto lírico, para poder comparar unas versiones con otras, pero también podrá ser aprovechada para el goce y disfrute de toda la comunidad javeriana”. 

Por Lucía Camargo Rojas. Publicado en Hoy en la Javeriana Marzo 2017

lunes, 29 de agosto de 2016

Viaje al país de las bibliocasas


Líderes de las urbanizaciones de Vivienda de Interés Prioritario han adaptado un espacio especial en sus viviendas, en el que promocionjan lectura y préstamo de libros a sus vecinos, con los títulos que les prestan en su biblioteca pública cercana.


Foto: Juan David Padilla


Un par de meses después de recibir su nuevo apartamento —ubicado en el barrio Las Acacias de Cereté, Córdoba— la pareja de esposos Jairo Ramos y Lidia López, beneficiarios de una de las 109 Viviendas de Interés Prioritario (VIP) que ha otorgado el Gobierno, recibieron nueve libros como parte de su nuevo apartamento.

Se trataba de los títulos Colombia contada, Buscando otro sabor, Nuestra casa, Retratos de nuestras gentes, Álbum de familia, Manual de convivencia ciudadana, Colombia cantada y Guía para el cuidado de la salud de la familia, que conforman la Biblioteca Básica Familiar “Leer es mi cuento”, un compendio de libros que el proyecto “Comunidad-es arte, biblioteca y cultura: escenarios para la paz”, liderado por el Mincultura, Minvivienda y Prosperidad Social, entrega a las familias de las VIP, como parte del proceso de promoción de lectura que se realiza con la comunidad.

“Son libros que lo ilustran a uno. Hubo unos que nos enseñaron sobre historia de grandes personajes colombianos como Gabriel García Márquez. Otros hablaban sobre convivencia o sobre cómo cuidar nuestro nuevo apartamento y la salud, y hasta sobre cómo compartir en familia. También había libros para niños que les leíamos a mis hijas”, explica Ramos, quien fue víctima de la violencia, al ser desplazado de Turbo, Antioquia, en 2001.

Corría el primer semestre del año 2014. Ramos y López pensaron en la posibilidad de ya no sólo leerles a sus hijas los libros que habían recibido, sino en brindar un espacio en su propia casa para fomentar la lectura en otros niños de su urbanización. Por eso tocaron las puertas de la Biblioteca Pública Municipal de Cereté Rafael Milanés García. Su coordinadora, Vera Centeno, abrazó la idea porque entraba a fortalecer un proyecto que la entidad ya tenía en Altos de las Acacias, en el que se hacía promoción de lectura a través de pantallas gigantes y porque, además, era una manera de hacer que la biblioteca llegara directamente a la casa.

“La seño Vera nos comenzó a prestar libros a mi esposa y a mí por 15 días para hacer actividades de lectura en nuestro apartamento con los niños del barrio. El primer préstamo fue de 40 libros”, recuerda Ramos.

De pronto su apartamento de 45 m2 comenzó a recibir visitas nocturnas de hasta 20 niños. Los pequeños se sintieron tan cómodos con la nueva actividad, que prácticamente le demandaban a él o a su esposa que les leyeran. Poco a poco el ritual se complementó con una de las características culturales más destacables de esta comunidad: durante o posterior al proceso de lectura, los adultos tejían mochilas, mientras que los niños confeccionaban manillas. En ese proceso los participantes comenzaron a hablar de sus disímiles lugares de origen, “y a contar las historias de nosotros mismos: de dónde venimos y para dónde vamos”, comenta Ramos.

Incluso, el interés que suscitó la llegada de los libros fue tan fuerte, que los pequeños que se encariñaban con alguno de los que ya había tomado en préstamo Ramos de la biblioteca pública, comenzaron a llevárselo a su propia casa por un día, siempre y cuando dejaran su nombre, el de sus padres y su teléfono, y lo regresaran al día siguiente. Fue ahí cuando el apartamento de Ramos y López se convirtió en una Bibliocasa.

Se institucionalizan las Bibliocasas

Cuando los promotores del proyecto “Comunidad-es” -iniciativa que realiza acompañamiento social y cultural a las familias beneficiarias de las VIP que han sido víctimas del conflicto en condiciones de extrema pobreza y damnificados por desastres naturales- se percataron de que la idea de Ramos y López había sido acogida en la urbanización, decidieron fortalecerla, darle un empujón con su conocimiento y apoyo, en un trabajo en conjunto con la comunidad.

“Lo primero que se hizo fue darle el nombre de Bibliocasa. Después se consiguieron estantes y desde Bogotá se envió un morral móvil con libros y un exhibidor. Posteriormente consiguieron tapetes para el piso, colchonetas y cojines, con el fin de volver el espacio aún más agradable para los niños”, explica Renoir Rubio, promotora de lectura del proyecto “Comunidad-es”.

La idea fue tan exitosa, que sirvió de modelo para los demás barrios del proyecto y comenzó a replicarse en otros espacios. Actualmente existen 46 Bibliocasas en toda Colombia. Dos en Antioquia, dos en Bolívar, quince en Córdoba, cuatro en Magdalena, tres en Norte de Santander, cuatro en Risaralda, seis en Sucre, dos en Tolima y ocho en el Valle del Cauca. Todas ellas iniciaron con la entrega de libros de la Biblioteca Básica Familiar como parte del Plan Nacional de Lectura y Escritura “Leer es mi cuento”, que busca aumentar los índices de lectura del país de 1,9 a 3,2 libros por persona al año.

Eso sí, cada Bibliocasa tiene características particulares de acuerdo con su comunidad. Por ejemplo, en el caso del barrio El Recuerdo, en Montería, la Bibliocasa tiene el rol principal de ser la extensión de un colegio o, más bien, una especie de biblioteca escolar. Así lo explica su bibliotecaria, Rosa Hernández, quien desde hace dos años se mudó a la urbanización.

“Todos en la comunidad veíamos la necesidad de tener una Bibliocasa, porque los niños no tenían dónde hacer las tareas. Muchos padres no tienen para pagar los $500 de internet”, explica.

En este caso fue el proyecto “Comunidad-es” el que llevó a Hernández a la Biblioteca del Banco de la República de Montería, para que se inscribiera y pudiera llevarse libros prestados. También le hizo una pequeña capacitación para el préstamo y cuidado de los libros, le trajo los estantes y morral viajero y le otorgó el título de “bibliotecaria comunitaria”.

Pero el año pasado Hernández les explicó a los promotores del proyecto que los niños de El Recuerdo necesitaban textos escolares para poder hacer sus tareas. “Yo quiero tener libros propios que pueda tener acá y no sólo los que pido prestados en la biblioteca”, les dijo.

Entonces Rubio y su esposo se encargaron de pedir a estudiantes de distintos colegios privados de Montería textos escolares que ya no usaran, para donarlos a la Bibliocasa de El Recuerdo. Por eso, actualmente esta Bibliocasa tiene libros permanentes como enciclopedias, libros de cuento, diccionarios y textos escolares de matemáticas, lenguaje, etc.

Además, esta Bibliocasa ha sido de gran utilidad para los más de 200 niños de la urbanización que este año no pudieron matricularse en una entidad pública (pues están a la espera de la que se construya en el barrio) y que actualmente están asistiendo a una escuela comunitaria. La iniciativa la organizó el estudiante de derecho Jorge Andrés Cordero junto con otros ocho maestros voluntarios. Allí los pequeños toman clases en una jornada de la mañana y otra en la tarde, en las que están utilizando los libros de la Biblioteca Básica Familiar y, en su tiempo libre, hacen sus tareas en la Bibliocasa del barrio.

La intimidad de la Bibliocasa

Para Hernández, la parte más linda de su casa es la biblioteca. De lunes a domingo llegan niños a hacer las tareas o a buscar un libro para leer.

Nicol Dayana Romero López tiene 10 años, es estudiante de cuarto de primaria y casi todos los días visita la Bibliocasa. “Rosa me ayuda a buscar las tareas en los libros y a hacer las carteleras. A veces también me presta libros que yo llevo a mi casa para leer con mi abuelita. Uno de mis favoritos es Los ratones de la señora Marlow, porque me gustan los gatos”, explica.

“Los niños escogen un libro, me dejan su documento y yo se los presto. Hay unos que vienen constantemente y que son muy cuidadosos a los que ni siquiera les pido documento. Ya los conozco y sé lo juiciosos que son. A veces estoy en la cocina y el niño me muestra lo que se va a llevar, lo anoto y se lo lleva. Mientras lo leen duran dos días, tres días. Hay unos que se lo leen de una y rápidamente vienen por uno nuevo”, comenta Rosa.

Uno de ellos es Yuliana Ortega, estudiante de 10 años, quien va todos los días a la Bibliocasa a leer cuentos. El libro que más le gusta se llama El cocuyo y la mora. “Yo cojo el libro y me voy a leer a la terraza del cuarto piso. Toditicos los pelaítos de allá nos van a escuchar a que les leamos los libros a mí y a mi amiga Valentina. Yo tengo dos hermanitos ‘chiquititicos’, de cuatro y de un año, con los que a veces jugamos a la escuela. Les leemos y después les preguntamos sobre lo que leímos”, explica.

La hija de Rosa, Janerys Ricardo, no tiene problema en que sus vecinos lleguen a su casa y se lleven los libros. “Se siente bien saber que hay gente que quisiera vivir como yo vivo aquí y de tener este poco de libros. No me pongo brava de que se los lleven, porque así pueden tener lo que yo tengo. A veces cuando mi mamá está ocupada yo presto los libros para que se los lleven o a veces los leen aquí”, cuenta.

Esa relación tan cercana con el libro es precisamente la que logra la Bibliocasa. “Para mí una Bibliocasa es una biblioteca íntima en donde esa persona que lidera, que sería el bibliotecario comunitario, tiene la ventaja de tener un usuario muy cercano y conocerlo a profundidad. Ninguna biblioteca ni ningún colegio tienen la capacidad de entablar la relación que puede provocar el libro en la casa. Allí está el afecto, eso tan íntimo que no se puede dar en la biblioteca”, explica Vera Centeno, coordinadora de la Biblioteca Pública de Cereté.

Incluso, Centeno considera que la Bibliocasa termina siendo una especie de extensión bibliotecaria, dado que la mayoría de libros que se encuentran allí han sido prestados por la biblioteca. “Sin embargo, puede ser una connotación muy fría, ya que la Bibliocasa va más allá de una extensión bibliotecaria y termina teniendo una connotación propia”, agrega.

Por ejemplo, la Bibliocasa de Altos de las Acacias ha tenido varias transformaciones. Por un lado, se trasladó al salón comunal de la urbanización, en donde había más espacio para que más personas estuvieran presentes en las actividades de lectura y, por el otro, comenzó a tener menos cantidad de libros porque Ramos y López empezaron a llevar a los niños una vez por semana a la biblioteca pública de Cereté, que les queda a tan sólo un par de cuadras.

“Actualmente, varios niños del barrio Altos de las Acacias tienen ‘La llave del saber’ y ellos mismos toman los libros prestados de la biblioteca. El señor Jairo sigue llevando a varios pequeños a la biblioteca cada ocho días y continúa tomando prestados libros para tener en su casa, con el fin de prestárselos a aquellos que están en su primera infancia y que no pueden pedir libros en préstamo en la biblioteca pública”, explica Rubio.

Con los ejemplos de Bibliocasas que han ayudado a consolidar en el departamento de Córdoba, para Rubio es claro que, en un primer momento, las Bibliocasas logran abrir el espacio de lectura en una comunidad. Y, en un segundo momento, son el tránsito para ir a la biblioteca pública.

“En la Bibliocasa encuentran cierto tipo de libros: una colección pequeña para niños, otra para jóvenes y otra para adultos. Pero si yo soy joven y ya me leí los libros de poesía o literatura que están en la Bibliocasa, y me quiero leer más, debo ir a la biblioteca”.

La Bibliocasa, entonces, lo que logra es ese primer acercamiento a la lectura. Una vez ya inicia la pasión por leer, el siguiente paso “es ir a un espacio más grande, donde hay más posibilidades y donde hay más por descubrir: la biblioteca”, concluye Rubio.

Por Lucía Camargo Rojas

Publicado en El Espectador el domingo 29 de agosto de 2016

lunes, 4 de julio de 2016

'Colonia infancia': la exposición de arte que divierte a los niños



Si quien visita la exposición ‘Colonia Infancia’, mide más de 1.5 metros de altura, necesariamente desde la entrada debe agacharse y prepararse para encontrar una exhibición pensada ya no para adultos, sino para los más pequeños de la casa. Se trata de la exposición ‘Colonia Infancia’ que actualmente se exhibe en el primer piso del edificio de la Sala de la Colección del Museo La Tertulia en Cali.

Así que la mejor postura para ingresar al túnel de madera de entrada  es gatear unos siete metros para encontrarse con la obra ‘Niño’ de Rufino Tamayo, que hace parte de la colección permanente del Museo. “Los niños salen corriendo directo a ese primer cuadro, con el que hay una especie de mímesis y se sienten identificados. Luego se devuelven por el túnel a una bifurcación a través de la cual llegan a un nuevo espacio en donde se encuentra ‘Una casita del sol’, del artista Emilio Sánchez, obra a partir de la cual se monta toda la museografía”, explica Mario Camargo, del Colectivo 070, encargado del diseño arquitectónico de esta singular propuesta que busca acercar el arte a los más pequeños de una manera lúdica y orgánica.

Después, el visitante puede visualizar las distintas partes de la casa, representadas todas en otras siete obras que hacen parte de la colección del museo. ‘Teresa la mujer mesa’, la icónica pieza escultórica de Hernando Tejada, es la mesa del hogar, mientras que las bolsas de plástico sobre acrílico que conforman ‘Bocagrande II’, obra de Alicia Barney y el ensamble de objetos de vinilo y madera de ‘Cajas’, de Bernardo Salcedo, son algunos de los mobiliarios de la casa.

También se puede observar la escultura en metal con motores y tela de la serie ‘Camas’, de Feliza Bursztyn, que  alude al lugar para dormir; ‘Pinturas de agua’, de Óscar Muñoz, hacen referencia a la ducha, mientras que el cuadro ‘El rincón’, de Santiago Cárdenas, remite a las distintas maneras de habitar el espacio doméstico. Finalmente, ‘La cuarta dimensión’, de Yukata Yocota, es una pieza que invita de lleno a meterse en la obra de arte, pues está al lado de un nuevo túnel en madera que dirige a la segunda parte de la exposición, en donde hay dispositivos que  los pequeños  pueden manipular libremente.

 Esta exposición surgió a partir de una inquietud de Doris Gallego, coordinadora de Primera Infancia de Comfandi, sobre la escasa oferta de espacios culturales para los menores de 6 años en la ciudad de Cali y, específicamente, frente a la pregunta, por  qué no hay museos para ellos, surgió esta propuesta que se unió al marcado interés del área de formación del Museo de La Tertulia sobre la creación de espacios para los niños. Las dos entidades, junto con el acompañamiento de la Universidad del Valle, presentaron un proyecto interinstitucional e interdisciplinario a la primera versión de la Beca a proyectos de inclusión de niños y niñas de la primera infancia en entidades museales de la Convocatoria de Estímulos del Ministerio de Cultura de Colombia en 2015.

“Nosotros necesitamos que en la ciudad haya propuestas culturales para los niños. Actualmente hay centros recreativos, centros comerciales, algo de títeres, y las bibliotecas públicas. La intención de este proyecto consistió en dejar instalada en la ciudad espacios artísticos y culturales pensados en primera infancia”, explica Gallego.

El proyecto resultó ganador de la Convocatoria de MinCultura, siendo seleccionado entre 11 propuestas para recibir 35 millones de pesos para su realización. A su vez, recibió una donación particular en memoria de Ivonne Mizradhi, para proyectos de primera infancia, que permitió cubrir todos los costos.

A la hora de elegir qué obras se propondrían, se optó por no tener un curador externo, sino por hacer un trabajo conjunto entre el área de formación y curaduría del Museo con las guías de sala, quienes dieron pistas importantes para identificar las obras de acuerdo a su propia experiencia con los niños. “Se eligieron las obras con el tema de la casa, el hábitat y el espacio que dispararan otras formas de abordar el arte y que fueran pensadas para el público de primera infancia. Al final, la curaduría da un panorama de la colección del museo y de distintos momentos del arte del siglo XX”, explica Alejandro Marín, curador.



La propuesta era arriesgada pues rompía con los guiones y paradigmas previos que ya tenía la entidad. Pero el trabajo conjunto y armónico entre el equipo del museo, Comfandi, el Colectivo 720 y la Universidad del Valle, logró el objetivo de que “no se fuera a confundir con un dispositivo más de un centro comercial, sino que fuera muy claro que se quería crear una exposición de arte para niños dentro del Museo que cumpliera con una estética y que en el tema de la museografía fuera impecable”, explica Ana Lucía Llano, directora del Museo.

Para el diseño del espacio se llamó al Colectivo 720, ganador de la convocatoria del diseño de la Cinemateca de Bogotá. Su director, Mario Camargo, se entusiasmó con la propuesta pues tiene una niña de 3 años  y ha padecido la falta de espacios culturales enfocados en primera infancia en la ciudad de Cali. Además, le implicaba un reto en cuanto al diseño. “Pocas veces como arquitecto se tiene la posibilidad de hacer este tipo de ejercicios con tanto detalle”, explica.

Desde el Museo les pidieron lineamientos específicos como que la exposición pudiera armarse y desarmarse, que el espacio estimulara la movilidad, ocultara y mostrara objetos, fuera libre de riesgos, manejara diferentes texturas, pero sobre todo, fuera muy atractivo para los niños. Mientras Camargo diseñaba, no sólo tuvo en cuenta estos parámetros sino que se imaginó a su hija haciendo el recorrido.

Fue así como se diseñó el segundo túnel que llega a la segunda parte de la exposición: una casa interactiva a la que se entra a través de la ventana. Las obras que allí se encuentran son el resultado de una convocatoria dirigida a artistas jóvenes de la región para que crearan obras especialmente enfocadas en primera infancia.

Nicolás Morales, por ejemplo, propuso una serie de piedras blandas en el espacio del jardín, inspirado en su propia vivencia de construir pequeñas fortalezas con las piedras de los ríos, que denominó ‘Madriguera’. De acuerdo con Gallego, “esta obra es lo máximo para los niños porque se asombran ante un objeto cuya consistencia contradice su imagen, y porque la sienten como algo muy cotidiano”.

Mientras que Ivonn Lloreda, artista y guía de sala del museo, se encargó de los objetos dentro de la casa interactiva: muebles, sillas, perchero, mesa y sábanas de diferentes texturas y colores que configuran ‘Fortaleza’. “La idea es que fuera una actividad que se hiciera dentro del museo pero que no necesitara de materiales externos y que a través de los objetos propuestos los niños quisieran construir su propia casa”, explica.

Al final de la exposición, los niños llegan a ‘Mil formas de una pared’, una casa que aún está por terminar cuya pared final se completa, destruye y reconstruye con cada grupo o visitante, a manera de tangram, que les ha permitido “configurar no sólo casas sino también ciudades con parques”, agrega Lloreda.

La propuesta ha sido tan exitosa que aunque en principio estaba pensada para terminar el 31 de mayo se extendió hasta mediados del mes de julio, y pasó de esperar 800 visitas en un comienzo a haber atraído más de 10.000 visitantes.

Para Sandra Argel, coordinadora del grupo de Primera Infancia del Ministerio de Cultura, “esta exposición es una experiencia significativa que evidencia cómo la infraestructura cultural se constituye en un espacio adecuado para promover el desarrollo integral de la primera infancia. Es clara la vinculación de las líneas rectoras propuestas para la educación inicial como el juego, el arte y la exploración del medio, además de todo el desarrollo de una exposición en el contexto museológico que promueve la participación de los niños”.

El proyecto ha sido visitado por niños que hacen parte de centros de estimulación temprana, jardines infantiles y colegios, e incluso por niños mayores de seis años que en varios casos visitaban el museo por primera vez.  “Para nosotros ha sido fundamental esta exposición, pues hizo que el Museo se volviera un plan para la familia. El resultado es tan satisfactorio que nos da una fortaleza de poder llevar esta sala a otros espacios y otros territorios, y de saber que este es un primer momento, y un espacio que nos está pidiendo a gritos la ciudad: un espacio familiar que conserve el sentido que tiene el museo y que permita que los niños que ahora nos visitan, sean los adultos que a futuro vengan a La Tertulia”, concluye Ana Lucía Llano.

 Por Lucía Camargo Rojas. Publicado en Gaceta de El País de Cali

lunes, 9 de noviembre de 2015

Libros recorren la selva para llegar a los jóvenes del Vaupés

 
Libros recorren la selva para llegar a los jóvenes del Vaupés

Campaña 'Regalar un libro es mi cuento' llevó 30.000 libros nuevos para estudiantes de la región.

Ciro Ferneley con su libro 'Los músicos de Bremen'. Foto: Archivo MinCultura

Ciro Ferneley camina en círculos por todo el salón de tercer grado del colegio Bocas del Yi, de Vaupés, abrazando su libro 'Los músicos de Bremen', de los hermanos Grimm. Sólo se detiene para verificar –y probablemente comparar– qué libro recibió un compañero del curso y parece satisfecho con los resultados. El suyo es un libro de pasta dura lleno de ilustraciones y el de su compañero también.

“Profe, yo quiero leer un libro”, le dijo a su profesor cuando cursaba primero de primaria, pues desde preescolar tenía la inquietud de hacerlo. Hoy en día Ciro lee todas las tardes en la biblioteca de su escuela, en donde también hace sus tareas. Cuenta que le gusta leer un libro de enseñanzas llamado 'Nacho lee', así como los relatos de Rafael Pombo.

Mientras habla, sigue sosteniendo su nuevo libro como no queriéndolo soltar. Ciro, como la mayoría de niños del colegio Bocas del Yi, y en general del Vaupés, habla tres idiomas: cuveo, yuruti y castellano. Dice que no sabe cómo se traduce 'Los músicos de Bremen' en cuveo, pero sí la palabra “músicos”: se dice ‘UpaîpØêvã’.

'Los músicos de Bremen' fue comprado en una librería bogotana por un colombiano que quiso regalar un libro a un estudiante del país y que lo depositó en el buzón de la campaña ‘Regalar un libro es mi cuento’, una iniciativa liderada por 26 librerías y 22 editoriales del país, a través de la Cámara Colombiana del Libro, junto con los Ministerios de Cultura y Educación.

El libro fue enviado a una bodega del Ministerio de Cultura en donde se guardaron los primeros 33.000 que se recolectaron en la primera fase de la campaña para los departamentos de Vaupés, Guainía y San Andrés. Posteriormente, viajó en un avión de carga hasta llegar a Mitú y se trasladó a la Biblioteca Departamental José Eustasio Rivera.

Desde allí, viajó en una lancha con dos funcionarios de MinCultura y el lanchero Víctor Valencia una hora por la inmensidad del río Vaupés, hasta llegar al colegio Bocas del Yi, en donde estudian 224 niños de la región, la mayoría a manera de internado, pues sus hogares se encuentran muy retirados del colegio y los pequeños deben llegar en canoa a estudiar.



                                              Ciro Ferneley y su compañero de curso comparan los libros que les regalaron. Foto: archivo MinCultura.

Multiculturalidad

Un viaje similar al de 'Los músicos de Bremen' fue el que hizo Luis Hernando Infante Donoso hace más de tres décadas. Tenía en ese entonces 24 años y se acababa de graduar como licenciado en filología e idiomas de la Universidad Libre de Bogotá. Estaba ávido de aventuras y de ejercer su carrera como docente. Por eso no lo dudó cuando le ofrecieron un cargo en Vaupés.

Corría el año 1980 e Infante arribó con los esquemas de formación citadinos que chocaron al llegar a una zona rural indígena. “Me encontré con una gran diversidad étnica y cultural: un mundo que me era totalmente desconocido. Empecé a acoplarme e ir conociendo y a darme cuenta que la educación en esta región es un reto porque se sale de todos los esquemas”, explica el actual coordinador del Plan Nacional de Lectura y Escritura de la Secretaría de Educación del Vaupés.

Infante se refiere a que en Vaupés el 85% de la población estudiantil es indígena. Así como Ciro, la mayoría son políglotas pues saben la lengua de la etnia de su padre por obligación, la de su madre por necesidad, una lengua franca (cuveo o tucano), castellano, y hasta portugués (aquellos que colindan con Brasil). En Vaupés existen aproximadamente 200 comunidades indígenas de 26 etnias que hablan 23 lenguas ágrafas. Cada etnia tiene sus costumbres y su propia cosmovisión.

Los niños indígenas en sus hogares tienen interacción con la lengua de su padre y de su madre y cuando llegan a grado primero –en donde los estándares curriculares tienen previsto que el niño aprenda a leer y a escribir– “apenas están comenzando a entender palabras y frases elementales del castellano, que es una nueva lengua para ellos”, explica Plinio Restrepo, rector de la Escuela Normal Superior Indígena María Reina de Mitú.

José Miguel Doria, docente de la escuela José Eustasio Rivera y quien vivió en la comunidad Acaricuara, agrega que los estudiantes indígenas manejan muy bien los mitos y leyendas pues su tradición oral es muy rica, gracias a las historias que les cuentan sus abuelos. “Ellos son muy buenos para crear e inventar historias orales. Y aunque tienen problemas con la ortografía y algunos con comprensión de lectura, cuentan con una caligrafía muy bonita. Incluso sus dibujos son muy llamativos y estéticos”, comenta.

El castellano, entonces, no es la primera lengua de los estudiantes indígenas. Pero lo aprenden porque es la lengua nacional. “Nosotros no podemos ser ajenos a la globalización que vive el mundo de hoy y, además, el acceder a derechos fundamentales como la salud, la educación, y otros tantos beneficios que son propios del Estado y de la atención a las poblaciones, implican necesariamente dominar una lengua. Lo importante es conservar ese equilibrio: asumir las competencias comunicativas en lengua castellana y también conservar lo nuestro, que no se pierdan la identidad del grupo étnico ni la cultura propia”, explica Restrepo.



Niños de Bocas del Yi reciben los libros que los colombianos les regalaron. Foto: Archivo MinCultura

Una selva sin librerías

Además de que algunos estudiantes presentan dificultades para aprender a leer y escribir, deben enfrentar otro reto: el acceso a los libros, que en Vaupés es muy limitado. No existen librerías. Lo más parecido son ciertos almacenes ubicados en Mitú, en donde se venden gran cantidad de objetos y, a veces, uno que otro libro.

Eso sí, el departamento cuenta con cuatro bibliotecas públicas: la Biblioteca Departamental José Eustasio Rivera y la Biblioteca Pública Municipal de la Casa de la Cultura Luis Enrique Chávez Velásquez, así como las bibliotecas de los municipios de Taraira y Carurú que hacen parte de la Red Nacional de Bibliotecas Públicas y que han sido dotadas con libros gracias al Plan Nacional de Lectura y Escritura ‘Leer es mi cuento’. A su vez, existen 118 establecimientos educativos en 16 instituciones que en total tienen unas 38 bibliotecas escolares, enfocadas principalmente en textos escolares.



Quien desee comprar libros, generalmente lo hace cuando viaja a Villavicencio o a Bogotá. Así que con ese panorama no es raro que en los hogares sea difícil encontrar libros. Yuli Andrea Rubio Cruz, docente y directora del Sistema de investigación de la Escuela Normal Indígena, cuenta que en el Semillero de investigación en lectura y escritura, en el que participan estudiantes de los grados 11 al 13 interesados en esta temática, han realizado cartografías de los lugares en donde hay espacios para la lectura y la escritura en Mitú y han descubierto que generalmente los estudiantes que cuentan con libros en sus casas tienen algún familiar que trabaja como docente y es quien los lleva, o porque los mismos jóvenes los roban de las bibliotecas.

Otros, en cambio, han visto los beneficios que trae pedir los libros en préstamo, como es el caso de Emilse Triana, estudiante de noveno del colegio José Eustasio Rivera, quien desde hace dos años entró a la Biblioteca Departamental y quiso llevarse a su casa una buena cantidad. “Me explicaron que tenía que llevármelos de uno en uno, así que tomé 'María' de Jorge Isaacs, que me encantó. Desde entonces cuando acabo un libro vuelvo por otro. Estoy leyendo unos 10 libros al mes”, cuenta.

Ésta ávida lectora, tiene expectativas por conocer qué libro recibirá gracias a la campaña ‘Regalar un libro es mi cuento’ y cruza los dedos para que sea uno que no se haya leído. También espera que con los libros que se entreguen a los jóvenes de su edad se los motive a leer para que ocupen mejor su tiempo libre.

Algo similar espera Ximena Corazón Martínez, estudiante de la Escuela Normal Indígena que se reúne con cinco jóvenes más a leer libros relacionados con el Amazonas en la maloca Ipanoré todos los miércoles, de 4:00 p.m. a 6:00p.m., y que, por influencia de su hermana –quien se encerraba a leer en su cuarto y que tenía un vocabulario ‘elegante y diplomático’ que le causaba curiosidad– se ha convertido en una lectora voraz.

Mientras tanto Ciro Ferneley, el estudiante de Bocas del Yi, cuenta que leyó cuatro veces el libro 'Los músicos de Bremen' y que lo que más le ha gustado son los dibujos y las enseñanzas. Su abuelo, el docente pensionado Héctor Gómez Estrada, quien vive con Ciro y usualmente le cuenta las historias de la región y de su cultura cuenta: “Para mí es un orgullo que cada niño tenga un libro, para que así pueda alimentar su pensar y el análisis. Muy interesante porque así los niños van aprender muchas cosas más”.

Por Lucía Camargo Rojas

Nota publicada en El Tiempo el 6 de noviembre de 2015

La lectura, medicina para los niños

Gracias al poder de los libros y la lectura un hospital puede transformarse de un espacio de dolor a uno de esperanza. Durante el periodo 2015-2018 el gobierno Santos construirá 300 salas de lectura para primera infancia.

Foto: Archivo MinCultura 

Eulicer, un niño indígena emberá de dos años, sigue con detenimiento la voz y narración de Luisa Mazo, promotora de lectura del Hospital San Francisco de Asís de Quibdó, quien le lee en voz alta el texto infantil La gallinita roja a él y a su madre, Miria Viscuña. Tanto así, que el pequeño, quien se encuentra sentado en una silla del corredor de la sala de pediatría del hospital, está tan absorto que tiene en su mano derecha un pedazo de galleta que sostiene en el aire, sin llegar a comerla o cambiar de posición.

Son las tres de la tarde y el sopor del día en la capital chocoana golpea con intensidad. Luisa se encuentra sentada frente a los dos indígenas emberá, quienes debieron recorrer un trecho de cuatro horas desde su comunidad Peñas del Olvido hasta Quibdó para poder acceder al servicio del hospital debido a que Eulicer tiene paludismo y neumonía.

“Había una vez una gallinita roja que vivía en una granja con otros animales. Un día escarbando se encontró un grano de trigo. Pensó en sembrarlo y hacer pan para todos sus amigos”, narra Luisa con tono particular.

A medida que avanza la narración, la promotora de lectura pasa las páginas del libro lentamente con el fin de que niño y madre puedan ver las ilustraciones. Al poco tiempo se acerca una indígena más que sigue con timidez el desenlace de la historia.

Finalizada la sesión de lectura, Miria Viscuña cuenta que generalmente Eulicer no presta atención a las lecturas que les realiza un joven emberá, que ella llama “el maestro”, cuando va a Peñas del Olvido a leerles libros en español. Esta vez, irónicamente, Eulicer prestó atención, casi sin parpadear, a toda la historia.

Alnor, en cambio, no se quedó quieto durante la lectura que Luisa le hizo a él y a su compañera de cuarto, Joycy, del libro Mi mamá es mágica. Cuando Luisa comenzó la lectura estaba acostado y al final de la sesión terminó sentado cerca de ella, contestando cada una de las preguntas que la promotora le hacía.

– ¿Tu mamá sabe que van a pasar las cosas antes que sucedan? –preguntó Luisa

– ¡Sí! – dijo emocionado Alnor, quien ingresó al hospital por gastritis.

– Entonces tu mamá es mágica, como la del libro – le explicó Luisa.

Desde hace un año y medio los pequeños que como Eulicer y Alnor ingresan al Hospital San Francisco de Asís, disfrutan de lecturas en voz alta en las tardes que realiza Diana Patricia Serna, educadora hospitalaria, o Luisa Mazo gracias a la creación de un espacio nuevo que se ha ganado el cariño tanto de médicos y enfermeras como de pacientes: la sala de lectura.

El lugar, de apenas dos metros por cuatro metros, era antes la oficina de unos médicos que con gusto cedieron el espacio cuando se decidió que allí se adecuara y dotara una sala de lectura en el marco de la alianza público-privada de más de treinta entidades “Primera infancia aquí estamos”, como parte de la materialización de la Estrategia De Cero a Siempre.

Una de las entidades participantes de esta alianza fue el Ministerio de Cultura, institución que apoyó con recursos y asesoría técnica. La dotación de la sala estuvo a cargo de Fundalectura, entidad contratada por Aldeas Infantiles, otro de los socios de la alianza, para para dotar la sala con 300 libros, estantes, cajones para libros, sillas, cojines y una mesa.



 Sala de lectura en el Hospital San Francisco de Asís en Quibdó. Foto: Archivo MinCultura.


Salas de lectura para todo el país

Entre 2013 y 2014 el Ministerio de Cultura adecuó y dotó 28 salas de lectura en siete departamentos de Colombia y contrató 53 promotores de lectura que se repartieron entre Antioquia, Atlántico, Chocó, Bolívar, Valle del Cauca y Cauca.

Adicionalmente, el Ministerio de Cultura invita a que las regiones hagan uso de los recursos que avalan los Conpes 152-2012, Conpes 162-2013 y Conpes 181 de 2015 relacionados con primera infancia. Gracias a estos tres documentos las regiones pueden ejecutar los recursos del Sistema General de Participaciones para la Primera Infancia con el fin de dotar, ampliar, mantener o reparar salas de lectura en bibliotecas, museos o casas de cultura. En particular gracias Conpes 181 los municipios de Colombia en 2015 cuentan con más de 171 mil millones para adecuar la infraestructura cultural para atención integral a la primera infancia.

De acuerdo con el parágrafo 2 del artículo 4 del Acto Legislativo 04 de 2007 los recursos del Sistema General de Participación del crecimiento de Economía superior a 4% se destinarán a la Atención Integral a la Primera Infancia. Para 2014 más de $2.000.000.000 fueron invertidos en la dotación de salas de lectura en las bibliotecas adscritas a la Red Nacional de Bibliotecas Públicas de más de 140 municipios, mientras que $6.800.000.000 fueron usados en más de 60 municipios para ampliar, mantener, reparar y dotar salas de atención a los niños en bibliotecas, casas de cultura, y museos.

Según las bases del Plan Nacional de Desarrollo 2014-2018 “con el apoyo del Ministerio de Cultura (que brindará la orientación técnica y aportará la dotación de libros), el ICBF y el Ministerio de Salud fortalecerán la oferta propia de atención integral con la creación de 300 salas de lectura en familia o círculos de palabra en comunidades indígenas”. Un porcentaje de estas salas se realizará en hospitales. Este año se construirán 80 salas: 40 en hospitales y 40 en unidades de víctimas, unidades de servicio del ICBF y comunidades indígenas. 

Para Sandra Argel, Asesora Programa de Atención a la Primera Infancia del Ministerio de Cultura, “las salas de lectura brindan a los pequeños la oportunidad de acercarse a los libros desde el disfrute, la exploración y el juego, creándose las bases para un vínculo afectivo con la lectura desde la primera infancia”.


Sala de lectura en Acacías, Meta. Foto: Saraka

¿Y cómo son las salas de lectura?

Hernán Darío Castro hizo parte del equipo Saraka que ganó la convocatoria de Aldeas Infantiles para diseñar y construir los inmuebles de las tres salas de lectura que se hicieron en el Meta en septiembre del año pasado: Acacías, Puerto Concordia y Lejanías. Las salas cuentan con tres mesas con modelos de animales basados en la fauna del Meta, nueve cojines y tres estanterías que tienen la ventaja de poderse ensamblar en el sitio, usarse en climas calurosos y pintarse con vinilos no tóxicos cuando se requiera. 

Para Castro lo más interesante de diseñar, elaborar y construir el mobiliario de las salas en cada municipio, fue tener la posibilidad de ver cómo la recibían los niños de la región. “En Puerto Concordia la biblioteca es muy iluminada. Cuenta con ventanas en las cuatro paredes, lo que permite que el sol entre durante todo el día. Cuando llegamos a montar la sala de lectura infantil, los niños de la comunidad se asomaron, curiosos, en cada una de las ventanas, al punto de que terminamos rodeados de sus caras”.

Maria Clara Henao, diseñadora industrial de Bibliotec, explica que las salas de lectura para primera infancia “son espacios dinámicos y confortables, donde se le da mucha importancia al color y a cada mueble”.

Por su parte el artista plástico Juan Carlos Melo Hernández, quien hizo parte de la elaboración del documento Lenguajes y ambientes de lectura que hizo MinCultura, ICBF y la Fundación Carvajal, resalta la importancia que tiene el cuerpo del niño a la hora de pensar en lugares propicios para la lectura en primera infancia. “Una sala es un lugar que propicia múltiples estados del cuerpo: estarse boca abajo, boca arriba, sentado, en las rodillas, con los pies cruzados, sentado en una silla formal, sentado junto al otro, sentado frente del otro. Un lugar de infancia siempre tiene que ser múltiple”.

Una sala de lectura que llega a los pacientes

En el Hospital de Quibdó Luisa y Diana Serna han demostrado que la sala de lectura no es rígida sino que se apropia de acuerdo al lugar. Diana optó por llevar los libros a los pequeños, en vez de que ellos vayan a la sala.

Así, Diana y Luisa seleccionan libros de los estantes de la sala de lectura realizan jornadas de lectura en voz alta todas las tardes en neonatos y pediatría, donde los médicos ya hicieron los turnos en las mañanas. Sólo cuando existe un grupo pequeño de niños que pueda ir a la sala los llevan, pero en general las actividades se realizan en los cuartos y corredores del hospital.

Diana, capacitada en el proceso de pedagogía hospitalaria que inició en octubre de 2013 gracias al trabajo conjunto de MinCultura, MinEducación, Aldeas infantiles y la Universidad del Norte, explica que las actividades diarias de lectura en voz alta no son una clase.

“Los niños de aquí no van a salir graduados de nada. Atendemos niños que se van. Que no son permanentes. Pero el niño tiene derecho a tener una atención de salud y a ser estimulado en su parte cognitiva o intelectual a través de cuatro actividades rectoras de pedagogía hospitalaria: juego, literatura, arte y exploración del medio,” dice.

Para Elia Nelly Acuña Córdoba, subgerente asistencial del Hospital de Quibdó “una enfermedad inicialmente causa mucha angustia. Cuando el niño tiene algo que lo motive, diferente a hablar de la enfermedad, se distrae y eso puede ser un aporte positivo a la recuperación. Tanto para los familiares como para los pacientes la actividad de lectura ha sido muy motivante porque estimula a los niños y los distrae un poco de la enfermedad”.

El pediatra Pedro Luis Álvarez Mena, ha notado que cuando a los niños enfermos que ingresan al hospital se les lee, de alguna manera dejan de estar emocionalmente deprimidos. “Nuestros niños no tienen aquí en el hospital actividades que los entretengan. Las sesiones de lectura se han convertido en un espacio de entretención creativa porque el niño despierta su interés por la lectura”, explica.

Y no son sólo los niños, sino también los padres. Luisa cuenta que en una lectura en la sala de neonatos, las madres se sorprendieron a al saber que los bebés hacían ruidos como eructar, que les da hipo y hasta pueden llorar gracias a una de las lecturas diarias. 

“No lo creían. Fue tal su asombro que comenzaron a recordar sus historias durante su embarazo. Por ejemplo, una contó que se sentía sola y comenzó a escuchar el llanto de un bebé y que podría haber sido su hijo llorando en su vientre. Fue muy bonito porque entre todas comenzaron a compartir sus experiencias”, explica la promotora de lectura.

Son las 5:00pm y Luisa quien ya ha terminado su jornada se lectura, reconoce que lo que más le gusta de su trabajo es “cómo muchas veces los niños están deprimidos por la enfermedad y por el lugar en el que se encuentran. Cuando uno llega y les lee pareciera que descansaran de la situación. A veces están llorando mucho pero cuando uno comienza a leerles les cambia el llanto por sonrisas”.

Por Lucía Camargo Rojas

Un fragmento de esta nota fue publicado en Lecturas Dominicales de El Tiempo

martes, 7 de octubre de 2014

91 habitantes de calle de Bogotá recibieron formación en artes y oficios

En el marco de un convenio entre la Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte y la Escuela Taller de Bogotá, con el apoyo de la Secretaría de Integración Social, 146  habitantes de calle participaron de un proceso de formación en oficios tradicionales. 


Foto: SCRD

En el momento en que Manuel Granados recibió tres tiros (uno en su pierna derecha y los dos restantes en cada brazo) tomó finalmente la decisión de dejar de consumir sustancias psicoactivas. Vivió en la calle los últimos siete años y había sido recluido en la cárcel cuatro veces, por periodos entre cinco y once meses.

“Comencé a consumir bazuco a los 18 años porque quería ser aceptado entre mis compañeros”, cuenta este hombre de 35 años quien desde el pasado 7 de julio estudia cocina en la Escuela Taller de Bogotá, gracias a un convenio entre la Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte y la Fundación Escuela Taller de Bogotá, apoyado por la Secretaría de Integración Social.

En total 146 habitantes de calle, entre los que se encuentran tres personas de la población LGBTI y 14 personas en ejercicio de prostitución, iniciaron los cursos de cocina básica, repostería y pastelería, fibras y tejidos, ensambles y elaboración de juguetes, fabricación de instrumentos musicales, mampostería y adecuación de espacios, según su elección. Del total de participantes, 91 personas asistieron durante tres meses, por lo que este 4 de octubre reciben su certificación.


Foto: SCRD
Artes y oficios

Mauricio Malaver ingresó al taller de fibras y tejidos porque solía ayudar a su madre a elaborar productos hechos con textiles. Mientras teje una manilla, relata sus difíciles momentos de infancia. Cuenta cómo decidió convertirse en transexual y comenzó a consumir sustancias psicoactivas. Cuando sus padres murieron y quedó solo, empezó a vivir en la calle.

“La mayoría de nosotros ha tenido situaciones familiares difíciles. Este curso nos sirve para olvidar por momentos lo que hemos vivido porque uno se entretiene y hace nuevos amigos” explica Mauricio, quien ha aprendido a confeccionar portavasos, manillas, brazaletes, aretes y bolsos.

John Castro decidió ingresar al taller de repostería porque quiere seguir los pasos de su padre quien tenía una panadería propia. Cuenta que por culpa de una decepción amorosa comenzó a consumir droga. Ya está cerca de cumplir su sueño porque actualmente sabe hacer hojaldres, milhojas, muffins, brownies, galletas y pan de yogurt, entre otros. Además, en sus ratos libres, investiga sobre cómo crear una empresa.

Antonio Ortiz estudió música en Alemania y es licenciado en pedagogía musical. Optó por ingresar al taller de elaboración de instrumentos musicales, atraído por la idea de poder construir los elementos con los que crea su música. Comenzó el consumo siendo un adulto mayor y ahora quiere recuperar los años perdidos. Mientras agita una maraca, cuenta cómo su sensibilidad le permite buscar el sonido perfecto a cada instrumento.


Cada tejido es una historia

El encuentro con las artes y los oficios estimula a los habitantes de calle a reflexionar sobre su vida y a retomar o crear nuevos sueños. Así lo demuestran las historias de los 91 que ya culminaron el proceso. De acuerdo con Juan Carlos Quiñonez, trabajador social de la Fundación Escuela Taller de Bogotá, fue evidente que en el taller de fibras “cada tejido que ellos van elaborando es una historia. De ella van recordando y pensando sobre lo que les sucedió y sobre qué les gustaría de su vida. Es poético y realista al mismo tiempo”.

Ismenia Benítez, coordinadora de competencias humanas de la Escuela Taller, añade que generalmente se tiene un concepto genérico y errado del habitante de calle. “Son personas que si se logran involucrar en un proceso, pueden cumplir las metas que se establezcan. Es cuestión de oportunidades”.

En el taller, Manuel Granados ha aprendido todo lo relacionado con el alistamiento de cocina y sueña con trabajar en un barco para conocer nuevas culturas. Dice que no pensó que se fuera a recuperar de los impactos recibidos y está emocionado de que su madre vea los resultados del proceso del taller el próximo 4 de octubre. “Quiero que esté orgullosa de mí”.

John Castro, desde su propia experiencia, quiere ayudar a los habitantes de la calle; mientras que Antonio Ortíz acepta que ha sido renovador volver a ser estudiante y que ha aprendido mucho de su profesor. Manifiesta que desea elaborar instrumentos, venderlos entre sus allegados y dictar clases de música a jóvenes que tengan problemas de drogadicción. “El arte aleja a la gente de las drogas”, asegura con convicción.