domingo, 24 de marzo de 2013

Una fosa poética

A propósito de la proyección de la película "Todos tus muertos" en el Colombian Film Festival.

Por Lucía Camargo Rojas



Una cosa es ver Todos tus muertos en Bogotá, imagino, y otra verla en un auditorio en la ciudad de Nueva York repleto de colombianos. No porque la película sea mejor o peor de acuerdo a la ciudad en la que se proyecta, faltaba más. La cinta se defiende sola. Pero sí porque la cultura que describe y critica se resalta descaradamente cuando uno ha estado más de seis meses en medio de la rigidez, planeación y plano ambiente norteamericano.

Y es que cuando se ve la ineficiencia a la hora de tratar un caso tan delicado como la masacre de cincuenta personas en un pueblo del Valle del Cauca es que vuelve la sensación de absurdo e impotencia que se siente al estar en Colombia. Pero también el humor y la risa al ver que todos los personajes están al son de un poco de corrupción, un poco de vagabundería, un poco de fiesta.

La película me hizo pensar en lo que amo y odio de mi país. Amo el empuje y alegría de gran parte de su gente, amo sus paisajes, su calor. Pero odio que ante un problema espinoso nadie sepa qué hacer y todo el mundo se pase la bola sin resolverlo.

Todos tus muertos cuenta la historia de Salvador (Álvaro Rodríguez), un campesino bizco que un día de elecciones se encuentra con una fosa de 50 personas en su parcela. Angustiado, se dirige rápidamente a hablar primero con el alcalde, luego con la policía, luego con la prensa. Ninguno parece prestarle atención.
La impotencia de este campesino es la misma de miles de colombianos que han tenido que padecer el conflicto colombiano. Lo interesante es cómo Carlos Moreno, director de la película, muestra al espectador lo absurdo de una situación llevada al límite que nadie sabe cómo resolver.

La policía, el alcalde como representación del Estado, Salvador y su esposa cruzan miradas mientras están parados alrededor de la fosa y padecen el calor del Valle del Cauca. La tensión se agrava cada vez que el alcalde hace una llamada, los mosquitos los rodean y el calor los hace visualizar imágenes irreales, como se supone ocurre en un oasis.

La actuación de Álvaro Rodríguez es impecable. Es el bizco quien realmente puede ver, alejado de la telaraña de corrupción y favores que ahoga a los demás miembros del pueblo. Su manera de acercarse con respecto a las figuras de la ley y su miedo a poder ser castigado por un crimen que no ha cometido no son más que señales que denotan su sentimiento de inferioridad cuando, finalmente, es el único personaje admirable precisamente por su inocencia, pureza y humildad.

La fotografía es fabulosa. Los paisajes demuestran el esplendor del Valle y no hay nada como las tomas principales a la montaña de muertos. Sin embargo, algunas de las escenas pierden fuerza por el continuo movimiento de la cámara.

Los animales representados en la película se alejan de cualquier idealización de la naturaleza. La imagen de la anciana que se mece plácidamente mientras poco a poco va matando a un cucarrón que por cosas de la vida está debajo de la mecedora, no es más que una cruda visualización de cómo en Colombia nos vamos matando poco a poco, sin siquiera percatarnos.

Es, sin embargo, la imagen de la fosa la que recorre toda la película y por la que Todos tus muertos se aleja de producciones que cuentan el conflicto colombiano con cinismo y pasa a ser, realmente, una obra poética. La fosa no es más que la representación de un país que no ha sabido mirarse a sí mismo y resolver sus propios problemas. Más aún cuando se sabe que la historia es basada en un hecho noticioso. Una masacre publicada en un periódico de la que luego nadie dio razón de ser.

Alrededor de la pila de muertos están todos los miembros de una cultura que sabe pasarla bien en medio de tan problemática situación. El periodista que denuncia la masacre con el fin de chantajear al alcalde para hacerle pagar unas cuñas, el alcalde que hace lo que diga el mafioso de la zona, el policía que sólo atiende el caso de una masacre cuando acabe de comer. Es irónico cómo uno ríe a carcajadas al ver la ineptitud de los personajes. Es tal vez una risa nerviosa, esa que se produce cuando se ve la cruda verdad en su máximo esplendor. La risa del absurdo.

Pero en medio de tanta corrupción no es sólo Salvador quien saca la cara. También lo hace su esposa, quien hace el llamado que haría cualquier madre colombiana para intentar ser justos en medio de esta guerra espantosa. Al menos, dice ella, hay que devolver el cadáver a la madre que lo espera. El grito de la madre que resuena en medio de la guerra.

Aplausos, entonces, porque Todos tus muertos produce una sensación de doble filo al ser capaz de narrar, en tan sólo un par de horas, el conflicto colombiano con una mirada poética y respetuosa a las víctimas sin necesidad de ser un documental de derechos humanos, y simultáneamente, retratar con crudeza la ineptitud de la cultura colombiana, sacándonos más de una carcajada. Pocas veces he visto una crítica tan audaz de una forma tan hermosamente narrada. Ojalá vengan más películas así, llenas de un poco de comedia, un poco de drama y un poco de surrealismo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario