martes, 7 de octubre de 2014

91 habitantes de calle de Bogotá recibieron formación en artes y oficios

En el marco de un convenio entre la Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte y la Escuela Taller de Bogotá, con el apoyo de la Secretaría de Integración Social, 146  habitantes de calle participaron de un proceso de formación en oficios tradicionales. 


Foto: SCRD

En el momento en que Manuel Granados recibió tres tiros (uno en su pierna derecha y los dos restantes en cada brazo) tomó finalmente la decisión de dejar de consumir sustancias psicoactivas. Vivió en la calle los últimos siete años y había sido recluido en la cárcel cuatro veces, por periodos entre cinco y once meses.

“Comencé a consumir bazuco a los 18 años porque quería ser aceptado entre mis compañeros”, cuenta este hombre de 35 años quien desde el pasado 7 de julio estudia cocina en la Escuela Taller de Bogotá, gracias a un convenio entre la Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte y la Fundación Escuela Taller de Bogotá, apoyado por la Secretaría de Integración Social.

En total 146 habitantes de calle, entre los que se encuentran tres personas de la población LGBTI y 14 personas en ejercicio de prostitución, iniciaron los cursos de cocina básica, repostería y pastelería, fibras y tejidos, ensambles y elaboración de juguetes, fabricación de instrumentos musicales, mampostería y adecuación de espacios, según su elección. Del total de participantes, 91 personas asistieron durante tres meses, por lo que este 4 de octubre reciben su certificación.


Foto: SCRD
Artes y oficios

Mauricio Malaver ingresó al taller de fibras y tejidos porque solía ayudar a su madre a elaborar productos hechos con textiles. Mientras teje una manilla, relata sus difíciles momentos de infancia. Cuenta cómo decidió convertirse en transexual y comenzó a consumir sustancias psicoactivas. Cuando sus padres murieron y quedó solo, empezó a vivir en la calle.

“La mayoría de nosotros ha tenido situaciones familiares difíciles. Este curso nos sirve para olvidar por momentos lo que hemos vivido porque uno se entretiene y hace nuevos amigos” explica Mauricio, quien ha aprendido a confeccionar portavasos, manillas, brazaletes, aretes y bolsos.

John Castro decidió ingresar al taller de repostería porque quiere seguir los pasos de su padre quien tenía una panadería propia. Cuenta que por culpa de una decepción amorosa comenzó a consumir droga. Ya está cerca de cumplir su sueño porque actualmente sabe hacer hojaldres, milhojas, muffins, brownies, galletas y pan de yogurt, entre otros. Además, en sus ratos libres, investiga sobre cómo crear una empresa.

Antonio Ortiz estudió música en Alemania y es licenciado en pedagogía musical. Optó por ingresar al taller de elaboración de instrumentos musicales, atraído por la idea de poder construir los elementos con los que crea su música. Comenzó el consumo siendo un adulto mayor y ahora quiere recuperar los años perdidos. Mientras agita una maraca, cuenta cómo su sensibilidad le permite buscar el sonido perfecto a cada instrumento.


Cada tejido es una historia

El encuentro con las artes y los oficios estimula a los habitantes de calle a reflexionar sobre su vida y a retomar o crear nuevos sueños. Así lo demuestran las historias de los 91 que ya culminaron el proceso. De acuerdo con Juan Carlos Quiñonez, trabajador social de la Fundación Escuela Taller de Bogotá, fue evidente que en el taller de fibras “cada tejido que ellos van elaborando es una historia. De ella van recordando y pensando sobre lo que les sucedió y sobre qué les gustaría de su vida. Es poético y realista al mismo tiempo”.

Ismenia Benítez, coordinadora de competencias humanas de la Escuela Taller, añade que generalmente se tiene un concepto genérico y errado del habitante de calle. “Son personas que si se logran involucrar en un proceso, pueden cumplir las metas que se establezcan. Es cuestión de oportunidades”.

En el taller, Manuel Granados ha aprendido todo lo relacionado con el alistamiento de cocina y sueña con trabajar en un barco para conocer nuevas culturas. Dice que no pensó que se fuera a recuperar de los impactos recibidos y está emocionado de que su madre vea los resultados del proceso del taller el próximo 4 de octubre. “Quiero que esté orgullosa de mí”.

John Castro, desde su propia experiencia, quiere ayudar a los habitantes de la calle; mientras que Antonio Ortíz acepta que ha sido renovador volver a ser estudiante y que ha aprendido mucho de su profesor. Manifiesta que desea elaborar instrumentos, venderlos entre sus allegados y dictar clases de música a jóvenes que tengan problemas de drogadicción. “El arte aleja a la gente de las drogas”, asegura con convicción.

jueves, 8 de agosto de 2013

Los Fine y su nuevo documental

Por Lucía Camargo Rojas

Inocente es el título del documental dirigido y producido por los esposos Sean Fine and Andrea Nix Fine. La historia inicia con un acercamiento de la cámara a una joven de rasgos latinos cuyo maquillaje denota el esmero, el gusto por el color y armonía propios de un artista. La joven tiene quince años pero habla con la madurez de quien se sabe dueño de su destino. Pronto nos cuenta su gran secreto: lleva casi una década divagando por la ciudad de San Diego junto con su madre y sus hermanos. Su familia no tiene una casa propia y ninguno de sus compañeros de clase lo sabe.
La joven se llama Inocente, tal vez porque está libre de toda culpa. En este documental, ganador del Oscar 2013 al mejor documental corto, ella nos narra su historia sin ninguna clase de mediaciones. Esa es precisamente la decisión más acertada que hicieron sus productores, quienes optaron por dejar que Inocente contara y mostrara directamente su más grande deseo: convertirse en una artista.
No es la primera vez que la pareja Fine se interesa en hacer evidente el poder del arte en sus producciones. Su documental War/Dance (Guerra/Danza), nombrado Mejor Documental y Mejor Cinematografía en los premios Emmy 2009, se había encargado de ilustrar el rol de la música como herramienta transformadora en la vida de los niños que viven en la zona de conflicto de Uganda. Ademas la pareja reconocida en el mundo de la pantalla grande por sus documentales sobre historias desconocidas y por  haber trabajado en 33 países distintos en la última década.Fine
Con tomas en las que la madre de Inocente cuenta su historia, así como con escenas de la vida diaria de los personajes, pronto es clara la situación de vulnerabilidad en la que esta joven y su familia han vivido. Son inmigrantes, debieron huir de un padre que los maltrataba y tienen el deseo de tener una casa propia. De acuerdo con el documental, más de 1.5 millones de jóvenes viven sin hogar en los Estados Unidos. Inocente decide sobrellevar esta situación a través de las gruesas y coloridas pinceladas que conforman sus pinturas.
En su trabajo artístico Inocente relata su oscuro pasado y lo transforma en un futuro prometedor y colorido. Ese deseo de pintarse incluso a sí misma, la lleva a estudiar clases de arte. Su talento finalmente es reconocido y se le otorga la posibilidad de realizar su primera exhibición en solitario con 30 pinturas que debe culminar en tres meses.
El documental es franco, crudo en ciertos momentos, pero sobre todo honesto. La relación entre Inocente y su madre es complicada, situación predecible dadas las circunstancias. Pero lo que más se destaca es la relación de la joven con el arte como la vía para cumplir sus sueños. “No me arrepiento de lo que he vivido porque es lo que me ha hecho ser lo que soy” dice. Cada escena en la que se la ve pintando lo demuestra. Son especialmente bellas las tomas en las que se ilustra detalladamente cómo mezcla los colores y mueve con paciencia y firmeza el pincel.
El deseo de pintar una nueva vida está encarnado en esta joven llena de vitalidad que pareciera emanar sueños, deseos y esperanzas en cada una de sus pinturas. Conocer su historia, claro está, es inspirador. “Tienes que volver tus sueños realidad,” dice con entusiasmo. “Si no tuviera sueños absurdos estaría deprimida,” agrega más adelante. Su determinación es contagiosa, sobre todo cuando se ve su talento.
Los productores de Inocente van destapando poco a poco cada una de las facetas de su vida para culminar exitosamente en la exhibición de sus 30 pinturas. Es en ese momento que la armonía entre vida y arte es evidente y en donde el esfuerzo de la joven artista se transforma significativamente en un momento de recuperación de la dignidad.

Publicado en Literal Magazine el 24 de junio de 2013

martes, 30 de julio de 2013

La suerte de Daniel Burman


Por Lucía Camargo Rojas

En La suerte en tus manos  (2012),  la última película del argentino Daniel Burman, Jorge Drexler representa de forma apropiada a Uriel, un hombre de 40 años, separado y con dos hijos que desea hacerse una vasectomía para eliminar la posibilidad de tener más descendientes. El mismo día de la operación se encuentra sorpresivamente con Gloria (Valeria Bertuccelli), una antigua novia universitaria que lo dejó porque él nunca hizo pública su relación. 

Las escenas mejor logradas del octavo largometraje de Burman se desarrollan en el consultorio del urólogo Weiss (Luis Brandoni), en donde Uriel habla sin pausa sobre sus relaciones con las mujeres, haciendo una clara parodia a lo que puede ser una consulta psicológica. Incluso, varias de las líneas de Brandoni son las que pretenden ser las pistas que den sentido a la historia (“La clave del éxito no es saber qué se hace bien sino qué es lo que uno hace mal”). Drexler se destaca por su naturalidad, al punto de que uno se olvida totalmente de su rol como músico, compositor y cantante, y en cambio lo percibe como un perfecto representante de un hombre maduro y algo perdido, capaz de añadir un toque de humor sarcástico a esta comedia romántica.

Sin embargo, la película desencanta por la falta de conflicto. Gloria y Uriel vuelven a ser pareja fácilmente y la mentira en la que se basa su reencuentro (Uriel le dice a Gloria que él es quien traerá de regreso al aclamado grupo la Trova rosarina) no alcanza a suscitar mayores obstáculos entre la pareja, haciendo que aunque la película se deje ver y sea amena, no sea precisamente la obra maestra de Burman. Daniel Burman es reconocido por ser un representante de la nueva ola del cine argentino. A pesar de que su largometraje El abrazo partido (2004) ha sido aclamado por la crítica y se le reconozca por películas como Esperando al mesías  (2000) y El nido vacío  (2008), sus más recientes obras carecen de la fuerza de las primeras. 

En particular, La suerte en tus manos  pareciera desaprovechar su reparto y el potencial de la historia. La magnífica Norma Aleandro representa fugazmente a Susan, la madre de Gloria. Pero aunque la reconocida actriz interpreta un par de líneas interesantes, particularmente cuando habla de su relación con su ex esposo, es una pena que su actuación pareciera desconectada del hilo conductor, cuando podría ser clave para entender la vida amorosa de Susan. Incluso la idea de que la suerte la construye uno mismo es interesante, pero tampoco se explota lo suficiente en los juegos de póker de Uriel ni en la película en general. 

Al final uno siente que el protagonista podría o no haber construido su futuro y aunque Burman intenta crear un momento epifánico en el que Uriel toma las riendas de su vida, la escena resulta algo llana y sin vida. Definitivamente La suerte en tus manos no es la película para conocer el trabajo de Burman pero sí para ver el debut de Drexler.

Publicado en Literal el 30 de julio de 2012

viernes, 12 de julio de 2013

Sweeping exhibition of Colombian Art at the IDB Cultural Center


By Lucía Camargo Rojas

The sculptures of Enrique Grau, Gonzalo Ariza’s landscapes, David Manzur’s poetic paintings, and work by 20 other Colombian artists are on display in “The Marvelous Real: Colombia Through the Vision of its Artists,” an exhibition at the Cultural Center gallery of the Inter-American Development Bank through until September 27.

Curated by Felix Ángel, the exhibition successfully illustrates the history of Colombian art through 36 pieces that include paintings, sculptures and video. What is remarkable about the show is that unites the Colombian artworks, part of the bank’s more than 1700-piece collection, in a thoughtful and chronological manner. Each piece is accompanied by a bilingual (English/Spanish) biography of the artist and an explanatory note offering context about the times in which it was made.

Gonzalo Ariza’s savannas and mountains welcome the viewer with a piece that introduces the spectator to Colombia’s multiple landscapes. Renowned Colombian artists such as Edgar Negret, Fanny Sanín, Enrique Grau, and Eduardo Ramírez Villamizar share space with the more contemporary work of Andrés Felipe Uribe and Carlos Fernando Osuna and others. It is surprising to see the reality of Enrique Grau’s sculpture, “The Kiss” (El beso) (1995), in the same exhibition with Andrés Felipe Uribe’s shocking video that criticizes a Colombian government campaign promoting a positive view of the country abroad by tattooing a heart in his chest.

The exhibition also underscores the many topics and techniques preferred by the artists. There’s the exquisitely detailed landscape love affair of Juan Bernal’s “Spirits of Nature” (Espíritus de la naturaleza) (2002), the gold replicas of Pre-Columbian pieces of Bogotá’s Gold Museum, the marvelous Negret’s sculpture “The Sun” (El Sol) (1985), and the colorful looms of Olga de Amaral in “Limestone Cliffs” (Riscos Calizos) (1988), among others.

The exhibition showcases the diversity of Colombian art, raising questions about the validity of its title. Alejo Carpentier’s “marvelous real” was a concept launched during the ’50s that represented not only Colombian but Latin American culture at that time. What this outstanding exhibition illustrates is the concern of its artists to describe a country that, as the show rightly highlights, is “in the making” and precisely because of that has been interpreted in many different ways by its artists. This selection of work certainly goes further than the old and general “marvelous real” concept.

The exhibition sets a high bar for the future showcases of the Latin American work planned for the bank’s art collection. In the meantime, these pieces will be viewable on the new IPAD version (downloadable it here) of the IDB gallery, another positive idea to promote the Latin American art on display in the bank’s building.

Published in Hola Cultura on July 11, 2013


Ballplayer: Pelotero


Por Lucía Camargo Rojas

La edad de oro para un joven de San Pedro de Macorís, República Dominicana, son los 16 años. No solamente porque con seguridad su familia le organizará una gran fiesta, sino porque la Major League Baseball (MLB) le permite firmar contratos con las compañías de béisbol estadounidenses. Para la gran mayoría de adolescentes de esa región esa es laúnica oportunidad de salir de la pobreza.

Así lo cuenta el documental "Ballplayer: Pelotero" (2012) dirigido por Ross Finkel, Trevor Martin y Jonathan Paley, socios de la compañía neoyorquina de comerciales y video corto Guagua productions, quienes estuvieron casi un año en República Dominicana intentando indagar por qué los dominicanos son tan buenos jugando béisbol. La respuesta resultó ser mucho más compleja de lo que creían y dio como resultado una investigación impecable sobre la realidad que afronta gran parte de los jóvenes del país caribeño.

El documental se centra en la historia de Miguel Ángel Sano y Jean Carlos Batista, dos jóvenes a punto de cumplir los 16 años que han sido entrenados gratuitamente por profesores dominicanos. La esperanza de estos entrenadores, claro está, consiste en que los grupos de béisbol estadounidenses les ofrezcan sumas mayores al millón de dólares a sus pupilos, de tal manera que ellos puedan recibir el 35% de la jugosa suma. Los adolescentes, por su parte, ponen toda su energía en el juego con el fin de poder dar a sus familias la oportunidad de una estabilidad financiera y de cumplir su sueño de llegar a las grandes ligas.

El acierto más grande de este documental es el de mostrar la vida diaria de estos jugadores para evidenciar la presión que tienen cada dos de julio, día en que se cierran las ofertas de los equipos estadounidenses. Aunque su talento sea casi natural e incuestionable su futuro depende de cómo lleven a cabo la negociación. Así sucede también con sus entrenadores. “Toda mi vida le pedí a Dios un pelotero como Miguel Ángel,” dice uno de ellos. Una carga bastante pesada para quien ni siquiera ha alcanzado la mayoría de edad.

Pero como era de esperarse, detrás de ese sueño están las artimañas y corrupción de los equipos para comprar a futuras estrellas por el menor precio posible. El monopolio detrás de esta especie de mercado de talentos que comenzó en 1962. Los directores se encontraron con que efectivamente República Dominicana produce jugadores de alta calidad (el 20% de los jugadores estadounidenses viene de ese país), pero también los más baratos. Aunque el precio sea una mina de oro para las familias de los jóvenes, es una ganga para los grupos norteamericanos.

El documental se enfoca, entonces, en ilustrar paso a paso una situación poco conocida e inquietante. Las familias hacen lo posible para superar todos los obstáculos interpuestos por la MLB, como probar que el joven efectivamente tiene 16 años, y lograr la firma del jugador. No tienen otra opción. Las angustiantes escenas de la gran mayoría de ellos sentados esperando respuesta lo ilustran. Afortunadamente las acompañan uno que otro apunte humorístico a pesar de las circunstancias: “Los gringos inventaron la pelota, pero nosotros le pegamos mejor,” dice uno de los jugadores.

Detrás del documental hay una gran investigación periodística, ilustrada con entrevistas a la mayoría de partes involucradas: jóvenes, familias y entrenadores, de la mano de la narración de John Leguízamo. Sin embargo, hace falta la posición de la MLB para conocer el otro lado de la historia. Al final de la producción se aclara que la organización deportiva no quiso conceder entrevistas. Una omisión diciente.

Ballplayer: Pelotero es entonces un documental convincente que demuestra una vez más las injusticias a las que se somete quien no tiene la sartén por el mango. En este caso los jóvenes talentos que se entrenan en las canchas de béisbol de San Pedro de Macorís.

Publicado en Literal Magazine en julio de 2013

M.A.K.U Soundsystem: “fiesta para el que sea, parranda en la calle”

Por Lucía Camargo Rojas

El grupo colombiano M.A.K.U Soundsystem, que se presentó el pasado miércoles en Tropicalia, toma su nombre de los indígenas Nukak Maku, para quienes “Maku” hace referencia a la casta más baja de su comunidad. A su vez “Sound System” alude a las fiestas colombianas y jamaiquinas que se hacen en la calle espontáneamente alrededor de la música a todo volumen emitida por grandes parlantes, de acuerdo con el fundador de la banda, Camilo Rodríguez.

En otras palabras M.A.K.U Soundsystem retoma los ritmos de la música atlántica colombiana, mezclados con algo de soul, funk, punk, reggae y Afrobeat con el fin de promover la “fiesta para el que sea, parranda en la calle para el que quiera,” según Rodríguez.

Y es que la diversidad y apertura hacen parte de este grupo de inmigrantes colombianos que tuvo sus inicios en las caminatas de Rodríguez por las calles de Nueva York en el 2009. “Cuando uno va caminando por ahí y ve a un grupo de haitianos tocando, de puertorriqueños, etc., uno empieza a preguntarse por cuál es la música de Colombia,” explica.

Pronto Rodríguez, quien inició la carrera de música en The City College pero se graduó de Estudios Latinoamericanos, comenzó a conocer grupos colombianos que tocaron en la ciudad de Nueva York como Totó la Momposina y los Gaiteros de San Jacinto y a indagar por la música tradicional de su país. Junto con su amigo Juan Pablo comenzó a experimentar con distintos sonidos y grabó el CD “Vamos bien”.

Rodríguez siguió el estudio de la música folklórica y en ese proceso conoció a los que serían los nuevos integrantes de la banda: los barranquilleros Liliana Conde (vocalista y percusión) y Moris Cañante (alegre); los bogotanos Juan Ospina (vocalista y bajo), Andrés Jiménez (tambores) y Felipe Quiroz (sintetizador), y los estadounidenses Robert Stringer (trombón) e Isaiah Richardson Jr. (trombón y clarinete).

Los seis colombianos que hacen parte del grupo llegaron a Queens a finales de los 90 y principios del 2000. Todos comparten el gusto por la música en general, la admiración por el folklor colombiano y el estatus de inmigrantes que los hace mantener una relación más cercana a la hermandad que a la simple camaradería.
“M.A.K.U está altamente influenciado por la experiencia de vivir en Nueva York como inmigrantes” explica Rodríguez. “La banda ha generado un punto de encuentro parecido al de una comunidad. Eso hace que nos hayamos conocido mejor,” agrega.

Su primer disco en vinilo se llama “MAKUMBALA” y fue producido en el año 2011. Para Rodríguez ese trabajo refleja la etapa en la que realmente decidieron cuáles son los instrumentos y los integrantes de la banda. En cambio en su último disco “Music Never Dies”, lanzado el año pasado, “ya tenemos una estética que nos gusta a todos y estamos más cómodos. Ya hay más claridad de hacia dónde queremos que las canciones vayan,” agrega.

Los dos discos fueron grabados espontáneamente, basados en los experimentos de la música barranquillera de los años 70. En sus investigaciones sobre música colombiana, Rodríguez se encontró con que en aquella época en la Costa Atlántica se hacían grabaciones espontáneas de mezclas entre distintos géneros que incluso incluían Afrobeat, funk y soul. “Nosotros continuamos con esa tradición” explica.

Según Rodríguez, el objetivo del grupo es “botar nueva vibra, que la gente pase bien, se divierta y esté conectada”. Pero también acepta que parecen emitir un mensaje de encuentro con el que muchos inmigrantes se empiezan a ver identificados. “Además usted mira la banda y encuentra una diversidad muy interesante. Yo creo que la gente siente eso y le afecta”, concluye.

Publicado en Hola Cultura el 3 de julio de 2013

lunes, 24 de junio de 2013

Spanish Spelling Bee: Adults compete in annual literacy

Photos by Lucía Camargo Rojas

By Lucía Camargo Rojas

Agustín Martínez and Ana Arévalo arrived ready to do battle at last Monday night’s Spanish-language spelling bee organized by the literacy organization CENAES.

Martínez, a D.C. taxi driver originally from El Salvador, won top honors in last year’s contest, which also tests the progress made by area Hispanic adults who are learning to read and write in Spanish.

Like many fellow competitors, Martínez never had a chance to complete his education as a child, a legacy of illiteracy that’s also made it more difficult for him to learn English as a second language.

“The problem is that when you don’t know how to read and write in Spanish, you learn a lyric English,” he says. “You are like a musician who learns to play without music notes.”

He failed several English classes at the Carlos Rosario International Public Charter School until his ESL teacher sent him to Mario Gamboa, director of CENAES, which stand for Centro de Alfabetización en Español (Spanish Language Literacy Center).

“Gamboa´s classes help me to open my mind. I didn’t know about adjectives, predicates, pronouns, prepositions, verbs, present, past or conjugations,” says Martínez, who has now finished six out of eight levels of English classes, an achievement he credits to his Spanish grammar lessons in the last two years.

So the taxi driver, who hopes to study law one day, was feeling pretty confident June 17 when he arrived at CentroNía to defend his CENAES spelling bee title.


“If you want the crown, you have to fight for it,” Martínez told Arévalo before the contest. “Let’s fight,” she replied. And they did fight. In fact, they spelled so many words correctly that members of the jury had to resort to a backup list of derivative words to keep the competition going. Eventually, though, Martínez missed a word and Arévalo, an aspiring nurse also originally from El Salvador, emerged victorious.

“I knew that I was going to win,” she said as she received her trophy.

In all, there are the nearly 24,000 “Limited English Proficient” individuals living in Washington D.C., according to the Migration Policy Institute’s analysis of the U.S. Census Bureau’s 2009-2011 American Community Survey. The group estimates that more than half, or 13,700, are native Spanish speakers.
But Gamboa estimates there may be as many as 50,000 functionally illiterate Hispanics in the greater Washington region.

He says he first learned of the problem a decade ago when he worked in the construction industry. One day, he left his workers a note in Spanish with detailed instructions. When he returned and they hadn’t done anything, he says he was stunned to learn the reason: They couldn’t read or write. He started giving free Spanish classes after work and now directs a non-profit that has helped hundreds of local residents over the last decade.

There is a wealth of academic research showing that knowing how to read and write in one’s native language makes it easier to learn a second language. And Gamboa says his experience as a teacher suggests the opposite is also true: Hispanics without a grasp of how to read and write in Spanish struggle when it comes to learning English.

“We try to teach students Spanish first, and then we send them to other institutions that teach English,” says Gamboa, whose center offers basic, intermediate and advanced classes at several places around the Washington area including the Carlos Rosario International School, Meridian Public Charter School, the Latin American Youth Center (Centro Latinoamericano de la Juventud), and the Salvadoran Consulate.

Like Martínez, students are often referred to the Spanish literacy program by their English teachers. Ryan Monroe, principal of Carlos Rosario International Public Charter School, explains that when his English teachers notice Spanish speaking students struggling with their English, they often ask them how much formal education they had in their home country.

“If they hear that they didn’t finish high school or elementary school, they recommend they enroll in Spanish classes,” says Monroe, whose school offers literacy courses in Spanish as well as the “Plazas comunitarias” program, a partnership with the Consulate of Mexico that allows Spanish speakers to complete elementary and middle certificates in their native language.

Gamboa founded the Spanish spelling bee in 2006 as a fun way to end each academic year. The contest is modeled roughly after the Scripps National Spelling Bee that brings to Washington hundreds of youngsters from around the United States each year. The Spanish-language contest, however, is geared toward the goals of its adult contestants such as encouraging students to take the General Educational Development (GED) exam in Spanish, an equivalent to a high school diploma.



Carlos Rosario School offers the GED classes to 200 students per year. When the students finish their GED and come back to finish their English as a Second Language classes, they will learn English a lot easier and a lot faster because they will have strong skills in their native language, according to Monroe.

Ana Arévalo is studying for the GED in Spanish exam as one step toward eventually becoming a nurse.

“First I have to take the GED in Spanish. Then I have to take English classes,” she said.

She says when she started at CENAES, she didn’t know that a sentence starts with a capital letter and ends with a period, or where to put an accent or a comma. “I’m glad because now I can teach my daughters,” she said.

These days Arévalo is always practicing English, as well. She reads the signs around the city and uses her cell phone to learn their meanings and the pronunciation. She is confident that in the end she will master the language. After all, she already won the Spanish spelling contest. That was the first step.

Published in Hola Cultura on June 20, 2013